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Era fin de semana y, como era habitual, Rose no tenía ninguna especie de plan interesante. No sabía nada de Brennan, tampoco de Callie, Wes seguramente tendría algún plan ya que no la había contactado días antes y, con todos los sucesos recientes del internado, quizás fuese una buena oportunidad para que Rose tomara un respiro en solitario, su mente se lo reclamaba. La castaña aprovecha la hora de la tarde para levantarse de la cama, se viste de manera apropiada para evitar el frío y saca sus cabellos del abrigo antes de salir, tenía una idea de lo que quería hacer solo que esperaba que nadie del personal estuviera ahí para verla o para darle un buen regaño.

La castaña baja las escaleras y camina al ala este del internado, tiene que frotarse un poco los brazos cuando el frío penetra su cuerpo, no se acostumbraba aún a las bajas temperaturas y, aunque le gustaba, todo la había tomado de sorpresa. Rosie apura sus pasos y camina a las cocinas, sus pasos se tornan un poco más lento cuando se acerca pero no escucha ruido así que supone que no había nadie. "Perfecto". La chica no puede evitar sonreír cuando entra a las cocinas y se da cuenta de que su plan funcionó de maravilla, no había nadie, tenía la cocina para sí sola y para poder inventar cualquier cosa.

Rose no podía criticar la comida del internado, no era tan mala de hecho, sin embargo comer siempre lo mismo la obstinaba un poco, tenían una alimentación un poco estricta. La chica de ojos azules ve a su alrededor, todo estaba limpio y muy ordenado, seguro a Wes le gustaría. Rose sonríe y se quita el abrigo dejándolo sobre una pequeña mesa central, se levanta las mangas y sigue buscando algo que hacer. La chica no tenía antojo de algo salado ni pesado así que opta por hacer algo sencillo y dulce; unas galletas con chispas parecieron ser la mejor opción. Las del internado siempre le gustaron sin embargo a veces estaban un tanto duras o no tenían la suficiente cantidad de chispas, ese día Rose estaba dispuesta a hacer unas mejores.

La castaña pone manos a la obra, empieza a sacar los ingredientes y los pone sobre la mesa uno al lado del otro, luego busca un recipiente hondo de cristal y abre los estantes uno por uno buscando tazas con medidas, al parecer no había, tendría que usar las comunes y hacer todo según el porcentaje de su ojo crítico. Antes de empezar, Rose ata sus cabellos improvisando un recogido con sus mismas hebras, no queda tan fuerte pero sería suficiente para empezar. Mientras abre los ingredientes tararea una canción, una cuyo nombre no sabía pero, casualmente, se la sabía de memoria.  
Publicado por M. Rose Wood el Mar Nov 03, 2015 8:10 pm




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[1]Apunte: este tipo de personajes me gusta llevarlos en primera persona para dejar muy claro en cada momento todo lo que piensan, pero si no te gusta que en un mismo tema se combinen tercera y primera persona puedo hacer los siguientes post en tercera. No tengo problema ^^

Los fines de semana me aburría en demasía; mucho más que de costumbre, y eso que yo no solía contar con planes atrayentes (a ojos de los demás, al menos) para pasar el rato y cargar mi vida de diversión. Estar interno en un colegio supone un problema cuando, con todo el día a tu alcance, no puedes salir a pasear, a comprar un helado o al cine. Y ese sábado tenía ganas de hacerlo todo a la vez.

Después de almorzar me encerré en mi cuarto a releer la carta que había llegado a mi nombre ese mismo viernes. Eché de menos que viniese acompañada de un paquete que contuviese algún regalo absurdo e idiota que me sacara una sonrisa, como es propio de los cumpleaños. Sin embargo, mi madre, que de tonta jamás tuvo ni un pelo, creyó más conveniente aprovechar mi decimoctavo cumpleaños para recordarme que ya era todo un adulto, que debía comportarme correctamente y que, si mis notas volvían a ser brillantes, cuando volviese a casa me estaría esperando la Gibson SG Standard por la que tantas veces me había pegado al cristal de la tienda de instrumentos musicales del centro comercial. A pesar de que me parecía un trato más que justo -una guitarra así era demasiado cara para una familia de clase media como la mía- arrojé la almohada varias veces contra la pared, enfurruñado.
Aburrido y sin regalos a la mano. Vaya cumpleaños que me esperaba.

A media tarde decidí abandonar mi dormitorio y la penumbra en la que estaba sumido. No me apetecía morir bajo una capa de polvo amontonada por mi propio tedio. Arrastré los pies prácticamente por cada pasillo del internado, tarareando mentalmente una canción de Quiet Riot que siempre me recargaba las pilas y con las manos dentro de los bolsillos de mis pantalones vaqueros. A pesar de estar resguardado por las gruesas paredes del edificio el frío escocés se las ingeniaba para hacer de las suyas. Había sido lo suficientemente precavido de colocarme la chupa de cuero encima del jersey azul que llevaba puesto, pero notaba mis mejillas totalmente heladas.
De hecho, sería más propio aclarar que prácticamente no las sentía.

Terminé en el ala este por puro azar. Allí estaban ubicadas las cocinas, zona que solamente visitaba cuando mi estómago rugía con fuerza a horas intempestivas; básicamente siempre. Seguía siendo adolescente y, como tal, solía tener hambre.
No me preocupé en controlar los extremos del pasillo para comprobar si quedaba algún celador por allí en plena ronda. Los fines de semana no era común que los alumnos paseasen por allí abajo, así que supuse que su control estaría ubicado en otra parte del edificio. En la azotea, por ejemplo. Como sitio escogido por todos para fumar a escondidas, esos sabuesos encontraban allí un nido de jóvenes a los que castigar.

Cuando abrí la puerta de las cocinas mi teoría fue totalmente pisoteada: una figura de cabello castaño trabajaba con ganas en una... ¿Preparación de galletas? Fruncí el ceño y bufé por lo bajo agarrado al marco de la puerta. ¿Tanta mala suerte tenía que iba a ser pillado el día de mi cumpleaños colándome en lugares que no debía transitar?

No necesité más que fijarme en el rostro de la persona que cocinaba para que el corazón me volviese a bombear: era una de las chicas de mi curso y no una cocinera la que se paseaba entre las estanterías y utilizaba los útiles de cocina. En ese momento vi el cielo abierto, si he de ser sincero. Cuando me aburría me volvía especialmente irritable y, en esos momentos, estaba nervioso y aburrido a partes iguales. Lo lógico hubiera sido darme la vuelta y marcharme sin hacer ruido, pero decidí acercarme silenciosamente a una de las encimeras y, tras apartar las tablas sobre las que cortaban verduras de un simple empujón, me senté en ella de un salto. Rose quedaba de espaldas a mí y parecía tan concentrada en su trabajo que no creía que me hubiese visto.
Eso me hizo amagar una sonrisa maliciosa. Incordiar a veces se convertía en mi actividad favorita.

¿Estos trabajos extras forman parte de una novedosa forma de peloteo o es que necesitas unos ingresos extra, Wood?
Publicado por Jack A. Hudson el Miér Nov 04, 2015 7:47 pm



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Cocinar era uno de los pocos placeres de la vida que en verdad podía disfrutar, no había nadie a su alrededor y era una actividad que podía desarrollar perfectamente estando sola, además que la castaña era buena en eso y solía improvisar nuevas recetas cada vez que tenía la oportunidad, le gustaba observar los rostros de aceptación de sus catadores quienes, en innumerables ocasiones, se limitaban solo a su hermano menor; Wes. Durante su tiempo en el hospital, Rose había tratado hacer lo mismo con los chicos contemporáneos a su hermano, o un par te compañeras que tenían más o menos su edad, sin embargo se veía escandalosamente limitada, incluso más que en el internado, ahí por lo menos tenían comida fresca.

El punto fuerte de Rose eran los dulces. La castaña generalmente lento y, por ende, muy poco, así que los salados se le daban en contables ocasiones, pero el dulce... siempre había momentos para comer algo dulce y fuera de lo común, o eso descubrió Rosie al llegar a aquellas cocinas donde fue capaz de explotar toda su creatividad.

Rose no cocinaba con medidas, ella decía que se basaba en el "ojo por ciento" así que agregaba según lo que pensaba y el cómo imaginaba que quedaría la receta después. La chica fue mezclando la mantequilla con el azúcar, trataba de disolver la mayoría de los grumos que sintiera entre sus palmas, apretaba el puño y hundía la preparación en el fondo del recipiente. A veces, cuando lo recordaba, empezaba a tararear una de las canciones que se sabía, la mayoría eran lentas así que Rose alzaba sus puntas por pura inercia, era bailarina después de todo, no podía darse el lujo de seguir ya que sus botas eran sumamente inadecuadas para ello.

La chica estaba tan pero tan distraída que no se da cuenta de la llegada de un chico que se monta sobre la encimera. Para ese momento Rose estaba agregando una cucharada de vainilla antes de partir el huevo en un movimiento perfecto, luego sigue removiendo con sus manos, prefería hacerlo así que con la paleta que tenía a su lado. Iba a tomar la harina para agregar poco a poco cuando la voz la sobresalta, si, se asusta un poco así que gira de inmediato. Era Jack Hudson, nada más y nada menos el chico con el que tiene la suerte de encontrarse, Rose no lo conocía a fondo, solo las referencias que tenía de él, siempre se mantenía al margen, incluso de sus compañeros más cercanos. La chica vuelve a su preparación para que no queden grumos y pone los ojos en blanco. —Ninguna de las dos, Hudson. En realidad no tenía nada que hacer y pensé en algo productivo, por lo menos para mí—. Gira y forma en sus labios una pequeña sonrisa de lado. —Tu por lo que veo tampoco tienes muchos planes, creo que no es de tu estilo ver a otras personas sin nada más que hacer o decir—. Afirma la chica encogiéndose de hombros mientras empieza a agregar pequeños toques de harina.
Publicado por M. Rose Wood el Sáb Nov 07, 2015 10:52 am




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Con la mirada iba controlando cada uno de sus movimientos, tan delicados a vista de un inexperto como hubieran sido los de un auténtico pastelero. Una de las cosas cuyo aprendizaje tenía pendiente era cocinar. Llevaba años posponiendo el momento de enfrentarme a una masa o a la preparación de una sopa, pero para alguien que disfruta más comiendo que manchándose las manos no existe una fecha límite para lanzarme al agua y ponerme en serio con esa materia.
Bueno, sí. Tampoco lo intentaba porque estaba seguro de que se me daría fatal y odiaba perder. Me enfadaba tanto que podía pasarme días sin devolverme la mirada frente al espejo. Se notaba por lo horrible que iba peinado durante ese tiempo.

Me sorprendió encontrar en su voz rastros de la simpatía que siempre detectaba cuando la escuchaba hablar con otras personas. Tenía entendido que Rose era una muchacha amable y jovial con el resto de los compañeros (algo más callada de lo normal pero agradable), pero no esperé que respondiese a mi intento de ofensa sin perder los nervios. Creo que, incluso, mi cabreo se esfumó un  poco.  No obstante, eso no me sorprendió. Tampoco me gustaba ser (muy) desagradable con quien no se lo merecía.
Sí, soy un maldito ser cambiante al que se le pasa el enfado tan rápido como le llega.

No, productivo es seguro. Espero que las cocineras piensen como tú cuando vayan a buscar los huevos y comprueben que alguien anduvo manoseándolos. —me encogí de hombros a medida que fui respondiéndole, abandonando las ganas de sonreír con malicia. Ni siquiera recordaba cómo tensar los músculos correctamente para conseguirlo. Empecé a balancear las piernas con suavidad, por pura inercia. Mi mirada continuaba puesta en la masa con la que la chica trabajaba, pues sentía curiosidad. ¿Qué era eso que estaba preparando? —Observar siempre es divertido. Puedes aprender más de una persona analizando sus gestos, su forma de moverse y su lenguaje corporal. Las palabras mienten a menudo. Controlar el cuerpo es más complicado. Además, forma parte de un experimento sociológico que estoy realizando. Los alumnos de este colegio sois todos una fuente de información.

Me quedé callado durante varios minutos, ignorándola sin pretenderlo. A medida que el tiempo pasaba y ella mostraba más esmero, mi curiosidad iba creciendo. Incluso el balanceo de mis piernas se volvió más nervioso, como el de un niño desesperado por recibir su paga de navidad. Comencé a morderme las mejillas por dentro, gesto que siempre me alertaba. Si alcanzaba el culmen de mi propia curiosidad reventaría y me pasaría las próximas horas pensando en lo que me mantenía en vilo; y joder, no me apetecía ir a la biblioteca para buscar en libros de cocina a qué narices se parecía aquella preparación.

¿Qué es eso que estás preparando? ¿Pienso de perro? —me salté mis propias normas al realizar esa pregunta, pero en ese momento no me importó. Ya me fustigaría metafóricamente más tarde por mostrar interés en algo que no era de mi incumbencia ante un compañero mío. Tenía una reputación de borde redomado que mantener. Era mi único bote salvavidas.

Publicado por Jack A. Hudson el Lun Nov 09, 2015 11:03 pm



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No sabía de Jack más allá de las meras referencias que tenía del internado y lo poco que lo había detallado. Le sorprendía que hubiese llegado a ese lugar precisamente cuando todos parecían tener tiempo libre de sobra, sin embargo decidió mantenerse serena y no caer en las redes que todos decían que el chico tejía para confundir a los demás. Rose se mantenía en lo suyo, amasaba con esmero y cuidado de que no quedaran grumos y de que toda la consistencia de lo que tenía frente a ella fuera perfecta. Rose empezaba a sentir el olor y eso no hacía más que abrir su apetito y ganas de llenarse de dulce por el resto de la tarde.

Rosie aún no lo veía, por otro lado prefiere no hacerlo, estar de espaldas era algo que marcaba una especie de barrera entre ambos y que a la vez le permitía a la chica poder expresarse con mayor libertar que aquella que no tenía estando frente a esos ojos intimidantes, intimidantes como muchas personas del mismo internado que podían ser como él o tener características similares. La castaña pone sus ojos azules en blanco y hace caso omiso al asunto de los huevos, no le importaba mucho, siempre era cuidadosa y sabía que las cocineras no dirían nada.

—Experimento sociológico—. Repite Rose como si fuera una afirmación mientras termina de agregar el harina y se asegura que la consistencia de la masa sea como lo deseaba. —Todo parece sacado de un discurso del doctor Motka—. Agrega. Ella lo sabía, veía consultas constantemente con aquel hombre sin mencionar el respetuoso cargo que llevaba en el internado. El mismo doctor admitió que quiso llegar a la castaña luego de observarla por días y darse cuenta que era lo opuesta a lo común. Ella estaba familiarizada con todo aquel asunto. —¿Y a qué conclusiones has llegado, por ejemplo? No creo que una persona cocinando pueda dar tanta información—. Sonríe aún pendiente de lo que estaba haciendo, Rose se concentraba demasiado cuando quería hacer las cosas bien.

Luego de un instante el chico se manifestó, interiormente Rose se sobresaltó un poco, sin embargo volteo a verlo para responderle. —Estoy haciendo galletas, ¿quieres una?—. Ofrece con toda naturalidad mientras gira de nuevo y trata de acomodar los cabellos que se colaban en su rostro tras el mismo, hacía maromas con el brazo que no eran del todo fáciles, por lo menos no le garantizaban que las hebras volvieran a su lugar. —Son buenas las que dan acá pero creo que le falta un poco más de sabor—. Dice como si nada sacando su mano para descansar un poco.
Publicado por M. Rose Wood el Sáb Nov 14, 2015 11:32 pm




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A raíz de sus palabras esbocé una pequeña sonrisa taimada que quedó sólo para mí. Lejos de haberme llamado idiota, o algo parecido por la estupidez de mi discurso, ella misma le buscó una relación que no lo hacía sonar tan loco. Debía de agradecérselo, aunque no lo dijera en voz alta. Su apoyo inconsciente conseguía que pudiera mantener mi improvisado plan para distraerme, que no era otro que marear la perdiz.

Supongo que a ambos nos interesa la ontología. No he hablado mucho del tema con él, la verdad. Mi estudio es por simple curiosidad propia. —continué, dejando que mis piernas volvieran a balancearse. Las suelas de mis zapatos rozaban el suelo con cada movimiento. Durante mis primeros años en el internado había visitado frecuentemente al doctor Moka, casi obligado por el historial que aparecía en mi expediente, pero en los últimos meses esas visitas se habían reducido. A mis ojos era una buena señal. Por fin lograba acabar con los fantasmas de mi cabeza sin más ayuda que la que yo me proporcionaba. —Bueno, he llegado a tres conclusiones por el momento. Tu forma constante de amasar me lleva a pensar que eres perfeccionista e incansable. Cualquier persona normal se hubiera conformado creando una masa mínimamente moldeable pero ahí estás tú, trabajando de la misma forma que lo hacen las madres el día de navidad para que sus hijos tengan galletas que poner debajo del árbol. Pararás cuando consideres que está a tu gusto, y sólo tú sabes cuándo será eso. Ni siquiera levantas la mirada de ella. Y también creo que... Eres de esas chicas que adoran el dulce. No has dejado de incorporarle porquerías con olor a caramelo desde que he llegado. Quizá, y sólo quizá, eso te gusta tanto porque va a juego con tu personalidad. Las personas más ariscas prefieren el salado, o incluso los sabores ácidos y picantes.

Una vez más la capacidad de reacción que tenía me echó una mano. No es que me gustase mentir (de hecho, la mayor parte del tiempo me consideraba a mí mismo un chico sincero que decía lo que pensaba sin temor) pero había aprendido a hacerlo para encubrir mi verdadera personalidad. Mis neuronas actuaban con tal rapidez que, a veces, hasta yo me asustaba.
Aunque valerme de mentirijillas para entretenerme no me parecía del todo mal. Ni que fuera el único ser que lo hacía...

Rechacé su oferta negando con la cabeza, aunque me bastó una simple mirada para reconocer que la masa no tenía mal aspecto. Rose conocía los secretos del noble arte de la repostería que a mí se me escapaban. No obstante, noté cómo mis tripas rugían con suavidad ante aquella visión. Llevaba sin comer un buen rato y, a pesar de que no soy de los que picotean a todas horas, estar encerrado en una cocina y no degustar nada me resultaba tan difícil como a cualquiera.
Por eso fumaba tanto, supongo. Para matar al gusanillo.

No, pero gracias. Soy más de salado. —esa vez no le mentí. Las galletas no foran parte de mis comidas favoritas. Quizá a ella su personalidad agradable la convertía en una fan total de los dulces, pero yo siempre he preferido el picante. No obstante, con las tripas rugiendo sí que me apetecía coger alguna cosa de las cocinas. A mi alrededor había muchos estantes y armarios que contenían todo tipo de comidas, mas no quería revolver en ellos como un loco y desordenarlos. Las cocineras sí notarían, entonces, que alguien había estado hurgando por allí, se quejarían y aumentaría la vigilancia del pasillo. Y, sinceramente, no me apetecía restringir otra zona de las que solía transitar durante mis paseos. —Y hablando de eso... ¿No sabes por casualidad si aquí abajo guardan snacks? De verte trabajando afanosamente en tu “proyecto alimenticio para diabéticos” me ha dado hambre.

Pensé que Rose tendría una buena respuesta para no tener que revolver todo. Si ella cocinaba a menudo allí conocería dónde guardaban las cosas. No me gustaba depender de los demás para ver cumplidos mis deseos, pero era mejor eso que ganarme un castigo por robar.
Publicado por Jack A. Hudson el Lun Nov 16, 2015 3:20 pm



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Rose no esperaba que alguien la conociera a profundidad, mucho menos al tratarse de un solo vistazo ya que era evidente que ambos adolescentes no trataban más de lo común. La castaña estaba acostumbrada a que sus contactos con las personas solían ser simples y muchas veces fundamentados por todo lo que los demás miembros del internado sabían de ella; que era la chica extraña que no podía ser tocada por los demás y que prácticamente lloraría si alguien la obligaba a lo contrario. De ese modo su trato se veía considerablemente reducido, por eso solía estar sola como en ese instante, aunque últimamente las cosas se estaban tiñendo de otros matices muy distintos. Sin embargo Rose era humana como todos y tenía un gran índice de curiosidad que buscaba saciar así no pudiera ser de la misma forma que los demás, el hecho que Jack estuviera analizando todo lo que veía le generaba una profunda chispa de querer saber.

En cuanto el joven empieza a hablar, Rose deja de amasar y lo escucha aun viendo con sus ojos azules a un punto perdido de la cocina que se encontraba frente a sus narices. Como era de esperarse ella aseguraba que oiría comentarios negativos, pero no fue así. No era un asunto de positivo o negativo, fue lo que él vio y había acertado enormemente. La chica limpió sus manos de los pedazos de masa restante y luego acabó con una servilleta que tenía al lado, se giró y lo observó frente a frente —Veinte puntos, Hudson, y no le llevas mucho al doctor Motka—. Afirma con una sonrisa sincera marcando uno de sus hoyuelos mientras cruza los brazos y aparta con una de sus manos un mechón de cabello que se había atravesado en su rostro.

Rose se encoge de hombros cuando él rechaza de su oferta, se lo perdería porque seguro sus galletas quedarían muy buenas. La chica gira de nuevo y cubre la bandeja que va a usar para empezar a hacer pequeñas bolitas de masa que aplana con sus manos, coloca el chocolate con cierta delicadeza, tres puntos exactos, sorprendentemente todo le estaba quedando de una manera muy simétrica. La chica escucha su pregunta y asiente, se toma primero unos segundos para terminar esa galleta, cuando esta perfecta la pone sobre la plaqueta y gira, tenía las manos sucias así que no quería ser ella quien abriera la despensa para buscar cualquier snack, ensuciaría más de la cuenta. —Vale, en ese estante de arriba, el tercero, están las galletas saladas. En el refrigerador a veces guardan cosas y abajo en la segunda puerta hay también patatas fritas y uno que otro salado, creo que te pueden gustar—. Rose demuestra su amplio conocimiento de la cocina señalando todos los anaqueles, de hecho había ido más veces de las que recordaba a ese lugar, enseguida gira y sigue con lo suyo.

—Créeme que no son tan dulces como parecen, si pruebas una te darás cuenta que no y seguro te gustarán. No todas las personas son ariscas de por vida, como dices tú, que la comida va acorde a la personalidad. No me considero un caramelo de amor, por lo menos no siempre—. Sonríe haciendo las últimas galletas para luego limpiar sus manos y empezar a cerrar todo, va guardando poco a poco, alzándose de puntillas cuando no alcanza.
Publicado por M. Rose Wood el Lun Nov 16, 2015 6:14 pm




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Sinceramente, no me sorprendió que Rose reconociese en voz alta que había acertado. Tampoco es que me hubiese arriesgado demasiado con mi predicción, hablando de lo poco que sabía y de lo mucho que interpretaba a raíz de su manera de actuar. Alguien que se pasa la mayor parte del tiempo en silencio, leyendo o simplemente observando necesita aprender a interpretar a las personas que le rodean si pretende sobrevivir; ese era precisamente mi caso.
Muchas horas de terapia con gente como el doctor Motka quizá hubiesen ayudado también a acentuar esa faceta mía, pero eso no lo reconocería en voz alta.

Esbocé una sonrisa satisfecha, digna de alguien con exceso de confianza en sí mismo; pura fachada. En ese momento la muchacha decidió voltearse hacia mí y mirarme por primera vez en todo el rato que llevábamos allí, y mi esporádica sonrisa se evaporó. Me encogí de hombros, dispuesto a mantener mi pose de chico pagado de sí mismo de otra forma. Regalar sonrisas no era mi estilo.

No he dicho nada que no se pueda aprender de un libro de autoayuda. Algunos, de esos del tipo “Cómo conocerte a ti mismo y no morir en el intento”, seguro que contienen líneas y más líneas relacionadas con la observación y la lectura de los movimientos. A mi investigación le falta demasiado contenido hasta que logre considerarse como válida. Mucho menos, cercana a las palabras del doctor Motka. —no quise pecar de falta modestia, en serio. Realmente estaba completamente de acuerdo conmigo: no había soltado más que un poco de la filosofía de cañería en la que basaba mi vida cuando pretendía ocultar algo. Escuchar que no le llevaba mucho al doctor quedó grande incluso para mi ego, a pesar de que en un primer momento esas palabras hubieran conseguido que sonriese.

Siguiendo la misma línea de amabilidad que la había visto emplear con otras personas, Rose paró de amasar y aplanar pequeñas galletas con las manos y señaló uno de los estantes que quedaban encima de mi cabeza. Antes de levantarme de la encimera alcé la barbilla, focalizando la mirada en el punto que ella señalaba. Me daba una pereza enorme tener que moverme para revolver todo, pero aún no había desarrollado la capacidad de atraer objetos con la mente (aunque se trataba de uno de mis proyectos) y el gusanillo de comer algo me estaba matando. Solté un bufido de molestia por lo bajini, más por dejar claro que era un brusco que porque realmente me apeteciese, y abandoné mi cómodo asiento. Por fortuna, las cocineras eran tan ordenadas que en cuanto abrí las puertecitas del armario el bote de galletas saladas apareció ante mis ojos. De espaldas a Rose sentí ganas de soltar una frase de felicidad, leyendo la etiqueta en silencio. Se trataban de las que me gustaban a mí, que combinan varios tipos y no son solamente redondas. Esas, además, no las había olido jamás en las mesas del desayuno del internado. ¡Seguro que los altos mandos se guardaban lo mejor para ellos!
Tras sacar el bote volví a sentarme en la encimera dando un pequeño salto, visiblemente más contento. Casi estaba sonriendo. Casi.

Me conformaré con las galletas saladas. Quedan cerca. —abrí el bote sin muchos miramientos; prácticamente arranqué la tapadera. Me sumí en un silencio momentáneo que ocupé en rebuscar entre las galletas las que tenían forma de pez. Eran mis favoritas. Cuando tuve la boca llena de ellas alcé el bote hacia la muchacha, invitándola sin necesidad de palabras a que cogiese si quería. Ni siquiera reparé en que tenía las manos sucias. No me consideraba escrupuloso. —Si aparece una cocinera diré que me tienes aquí secuestrado y que piensas usarme como conejillo de indias para ver si tus galletas son comestibles.

Mi excusa serviría de poco si aparecían justamente cuando tuviera la boca llena de pequeños pececitos, pero, si eso pasaba, seguro que se me ocurriría alguna treta para escabullirme. Las excusas no se me daban del todo mal, y un expediente casi impecable me cubría las espaldas.

Continué comiendo pececillos, que lograba sacar tras manosear el resto de galletas, y fingiendo que no escuchaba a Rose. Muy básico yo, como puedes ver. De vez en cuando soltaba un gruñido de conformidad que hubiera podido contener desde un “tienes razón” a un “me da igual lo que estás diciendo”. No obstante, aproveché el momento en el que dejó de hablar para responder con una de las miles de sandeces que se me pasaban por la cabeza a lo largo del día. Entre los dedos mantenía sujeto un pez, al que empecé a darle vueltas. Mis ojos, golosos, persiguieron cada uno de sus tumbos hasta que, finalmente, me lo lancé a la boca. Otro minipunto para mí. Era bueno recogiendo comida de esa manera.

Puede ser. Supongo que eres una mezcla de ambas cosas, ¿no? Estás cocinando y disfrutando de lo lindo con una cosa que hará feliz a tus amigos si lo prueban, pero lo haces sola. Otros hubieran invitado a alguien a cocinar con ellos y así pasarlo bien juntos. Pareces Luna Lovegood alimentando a los thestrals, descalza y con la cabeza en otra parte. Ambas realizáis una buena acción que os gusta pero en completa soledad, cuando se supone que los momentos que hacen a uno sentirse bien deben ser compartidos. Hasta que Harry la interrumpió a ella y yo lo hice contigo, claro.
Publicado por Jack A. Hudson el Jue Nov 19, 2015 12:01 am



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A Rose no le gustaban los libros de autoayuda, sentía que decían más de lo mismo y que todo se reducía a pequeñas cosas que, en algún momento de la vida, iluminarían la mente del ser humano sin necesidad de estar reflejado en el papel. A la chica tampoco le agradaba el hecho de ser observada y juzgada por eso mismo, por las observaciones que otros realizaban cuando ella no se daba cuenta. Ese había sido su dilema con el Doctor Motka. Rosie no conocía nada de aquel hombre salvo a que trabajaba en el internado, desde luego todo eso fue a su llegada, poco a poco fue descubriendo el prestigio del médico y se sintió aludida al saber que estaba siendo observada por él.

Motka la veía, Rose se daba cuenta. Aquello le intimidaba más de la cuenta, si de por sí se sentía como un bicho raro en ese momento estaba completamente perturbada. Cuando el doctor se acercó a la castaña esta dudó en ir a la consulta, no quería que le dijeran más de lo mismo, no creía en médicos por su pasado y sentía que solo se acostaría a hablar de su vida para que le dijeran un comentario genérico que ella perdería tiempo descubriendo hasta el momento que fuera algo verdaderamente útil.

—Honestamente no me gustan los libros de autoayuda así que no puedo decirte que eres una fiel copia a esas teorías. Si es así, eso está bien, pero leyendo o no acertaste un poco y ese es un buen talento así haya sido algo estudiado—. Rose no trataba de aumentar el ego del chico pero ella reconocía las cosas como eran y de esa misma manera las decía. —Soy una de las pacientes del doctor Motka, como otros aquí en el internado. Si hay algo que puedo decirte es que los argumentos de él son más completos y ordenados pero no por eso se diferencien mucho a lo que tú intentas expresar. Los adultos siempre le ponen detalles a todo para lucir más interesantes.

Rose no tenía problema en que Jack cediera a sus gustos personales, ella había ido por algo dulce así que niega con toda la educación del mundo arrugando su nariz en el proceso, ya quería que sus galletas estuviesen listas. La castaña suelta una risa cuando lo escucha y niega como si fuera obvio y ella escondiera la verdad absoluta. —Creo que tu teoría se cae en varias partes. No creo que físicamente sea posible que yo pueda retenerte de un evidente escape, además que podría buscar a otra persona para que coma mis galletas—. Finaliza encogiéndose de hombros.

Hasta ese momento los silencios no le parecían incómodos, Rose aprovechaba para limpiar cada rincón de la cocina que estuviera vuelto un desastre por su culpa, podía escuchar a Jack comiendo y eso la hacía sonreír con cierta gracia. Rosie finalmente toma la bandeja de galletas y se inclina para colocarla con cuidado en el horno ya precalentado, tendría que esperar de ocho a diez minutos, ni menos ni más. Mientras termina de visualizar que todo esté bien y que la temperatura sea la adecuada, Rose escucha al chico y frunce los labios, había sido una buena comparación. —Entonces yo soy Luna y tú eres Harry—. Rose se gira, ya puede verlo con más calma luego de haber terminado su tarea, parecía un niño pequeño.

La chica se quita la bufanda con cuidado y acomoda un poco sus cabellos sacándolos del agarre continuo de la ropa. —Bueno, aunque creo que, a diferencia de ti, Harry si ayudó a Luna. Tú te niegas a comer mis galletas—. Afirma con cierta gracia cruzando los brazos en su pecho bajo su busto. —El caso es que sí, me gusta hacer cosas para la gente que aprecio pero he llegado a pensar que uno puede disfrutar incluso un poco la soledad. Tú también estabas solo hoy y no creo que la hayas pasado tan mal.
Publicado por M. Rose Wood el Sáb Nov 21, 2015 11:50 am




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Barbara Palvin
El valor no es la ausencia del miedo, es el conocimiento de que hay algo más que el miedo en sí.
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A pesar de que su réplica sonaba perfectamente válida -y mucho más creíble que mi broma, desde luego- decidí mantenerme en mi línea y no darle la razón. John Alexander Hudson jamás reculaba si estaba en sus manos evitarlo, y no iba a bajarme del caballo por una cuestión tan absurda como un secuestro y una cocinera indignada. Me metí los últimos pececillos que logré pescar del bote en la boca, los mastiqué tranquilamente y cerré el bote.

Es sábado. ¿Quién perdería una tarde libre en comer galletas? La cocinera creería fielmente en mis palabras. —aseguré, confiado; confiado en mis dotes de convicción, no en mis propias palabras.

Volví a bajarme de la encimera que ocupaba y me acerqué hasta el armario del que había sacado las galletas. Recordaba perfectamente la posición en la que estaba el bote antes de que lo tomase, pues mi memoria era buena cuando de recordar detalles se trataba. Lo dejé en el estante en el mismo lugar. Con cuidado lo hice girar hasta que quedó visible la etiqueta, parándome frente a él durante un momento para evaluar con la mirada el resultado. Por inercia empecé a mesar la incipiente barba que había optado por no eliminar aquella mañana; pura pereza.
Sí, estaba justo igual que cuando lo había cogido. Nadie tendría que notar nada.

En absoluto. Harry y Luna eran amigos, casi diría que ella sentía admiración por él. Tú eres Luna pero yo soy un mero espectador que pasaba por aquí en busca de algo que picar antes de volver a los estudios. Las tardes libres son muy productivas si te esfuerzas. —expliqué, nuevamente sonando convencido. No pensaba contarle a una “desconocida” que las cuatro paredes de mi habitación me habían desesperado tanto que había decidido salir a pasear para despejarme. Ese asunto sólo me concernía a mí. —Pasear y estirar las piernas no es aburrido, desde luego. Cada uno disfruta de la forma que ve más conveniente, de la que lo hace sentir más pleno, supongo. Igualmente, te recomiendo que busques a tus amigos para compartir esas galletas. Si te las comes todas te empacharás y acabarás maldiciendo la tarde de soledad que invertiste en cocinarlas. Así es el ser humano: culpa de sus errores a otros, incluso a algo intangible como el paso del tiempo.

Iba a cerrar el estante cuando otro bote, en el que no había reparado la primera vez, captó mi atención: patatas fritas. ¡Y de la marca que me gustaban, además! Esas que llevan extra picante por encima y convierten tu boca en un nido de avispas. Ladeé una sonrisa traviesa, digna de alguien que sabe que no está actuando con coherencia, y extraje el botín con cuidado de no tirar nada más. Segundos antes había tratado de dejar todo tan ordenado que nadie notase que habían asaltado la despensa y, sin embargo, ahí estaba: llevándome un paquete entero sin pudor alguno.
Incluso me sentí bien al hacerlo. Un poco de emoción alegra la vida a cualquiera, por más absurda que sea la acción de robar comida en unas cocinas.

Va siendo hora de volver a mis apuntes, que los exámenes finales se acercan. Suerte con tus galletas y con la aparición de un verdadero Harry que te ayude. No parece un trabajo fácil. —traté de camuflar el delgado bote dentro de mi chaqueta, aunque no me fue del todo bien. No era difícil distinguir la silueta a través del cuero de la prenda, a pesar de que me venía un poco grande. Volví a girarme hacia Rose, en quien volví a reparar por última vez en el cuidado extremo con el que trataba sus galletas, y me encaminé hacia la puerta. El frío escocés dentro de los pasillos del internado no se notaba demasiado, pero yo me subí la cremallera de la chaqueta casi hasta el cuello. Cualquier intento por disimular mi acción ante ojos cotillas sería bueno.

Desde el marco de la puerta me despedí de Rose con un gesto militar, sin volver a pronunciar más palabras. Luego salí de allí, recolocándome la chaqueta de un tirón y cerrando la puerta a mi paso. Si la pillaban a ella con las manos en la masa -nunca mejor dicho-, ¿quién me aseguraba que no me enculparía con tal de rebajar su propia pena? No me parecía de ese tipo de chicas precisamente, mas la vida ya me había demostrado que no era un hacha juzgando a las personas.
Publicado por Jack A. Hudson el Miér Nov 25, 2015 6:05 pm



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Amadeus Serafini
I know I could have been a better man. I always had to have the upper hand. I’m struggling to see the better side of me but I can’t. Take all your jabs and taunts. You’re pointing out my every fault and you wonder why I walked away.
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