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Cansado. [Libre]

05 de Junio. Por la mañana.


Basta. Estoy cansado. Los hilos tiran de mi, de un lado a otro, insinuando que debo romperme, pero no puedo. No puedo quebrarme. Brian no puede, él debe ser perfecto, estar allí para todos, con sus ánimos y tazas de té. Pero estoy cansado de sonreír y de llorar. Necesito cerrar los ojos e irme lejos. Nunca pedí ser nadie que no soy: ese muchacho simple, de sonrisa fácil, con un libro bajo el brazo. Estoy cansado y tengo miedo de mostrarme así, porque me voy a sentir culpable cuando al bajar la guardia defraude a alguien. ¿Hasta qué punto aguantaré?


Brian escribió esto en su diario. Era domingo al mediodía, llovía desde el amanecer, de forma ligera y tranquila. Había ido y venido por todo el internado, resolviendo dudas, programando nuevas actividades y visitando a conocidos. Al ver a las personas a los ojos no podía evitar sentirse culpable, por dentro, al recordar la entrada en su diario ese día. ¿De dónde salía tanta culpa? Él se movía, actuaba, progresaba, pero su sentido del deber le comía el cerebro. No tenía tiempo de compadecerse por si mismo y no quería que alguien lo hiciese por él.

Necesitaba fuerza, pero no encontraba ya de donde sacarla. Era incapaz de ir por sus amigos porque no quería cargarles con el peso de su propia conciencia. No había hecho nada malo, pero sentía que lo bueno era poco.

Debo... —susurró, apoyado sobre su mano, en el escritorio de la pequeña biblioteca. Delante suyo se desprendían una sucesión de infinitos papeles con miles de palabras borrosas. Sintió un renovado odio por la lectura. Por todo, al mismo tiempo. Se sentía fuera de si, poco conocía ese sentimiento desagradable.

Debo... —¿Qué debía? ¿A alguien le debía algo? No le debía nada a nadie. De pronto se sintió tan solo, tan frágil, débil e inútil. Tomó el libro de cuentos a su lado y lo revoleó a lo lejos. Voló lento, sus hojas se sacudieron con el contacto del frío cemento. El ruido retumbó por el lugar solitario. La biblioteca estaba cerrada, como él, llena de cuentos de fantasía en una realidad irreal. Su mirada, enfocada en el libro abierto, estaba ausente. Vacío. Y cansado. Después de todo, era un simple humano.
Publicado por Brian Downer el Mar Oct 04, 2016 7:07 pm




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Una semana.

— ¿Ya una semana, Marie? —reflexionó para sí, con una sonrisa boba en el rostro. Cargaba una caja de cartón rebasada de libros recuperados de las otras bibliotecas y que habían sido mal guardados allí; ahora debían ser repuestos a su lugar, la Biblioteca Este, y como era domingo, llovía y no había nada en su agenda que fuera interesante para hacer, pues... ¿Brian? No, mejor no verlo. No cruzarlo. No...nada.

Suspiró, siendo ya como la decimoquinta o decimosexta vez que lo hacía desde que había despertado aquella mañana, muy temprano, entre el goteo incesante de la lluvia y el deseo ferviente por un poco de café. Les dedicó una mirada furtiva a los libros, mientras caminaba recto por los pasillos varios, ahora con rumbo fijo al fin. Aquella biblioteca no era la más visitada por ella, pero la encontraba igualmente encantadora. No esperaba –ni deseaba– encontrarse con nada ni nadie en especial, y ni siquiera se había tomado la molestia de pensar qué haría si eso pasaba. No, no sucedería, de ninguna manera.

Una vez se encontró frente a su destino final, acomodó la caja en un brazo para poder abrir la puerta con el libre; con suavidad y el mayor cuidado que una dama con la torpeza de ella pudiera tener, se adentró en el sitio. Dio un respingo cuando de repente vio volar un libro contra la pared, no muy lejos de donde ella caminaba. Su corazón se aceleró y se quedó estática por unos segundos, contemplando estupefacta la escena, hasta sintiendo cierta pena por el pobre ejemplar.

Cuando por fin escogió virar su mirada, fue otra la historia.

La semana transcurrida se le vino encima como una avalancha, rápida y helada. Si toda esa primer semana de Junio se las había ingeniado para no cruzarse con su colega, el domingo pareció significar el jaque mate de su jugada contra el destino. ¿Por qué allí? ¿Por qué justo en ese momento? Abrazó la caja incluso con más ímpetu que antes, y se procuró no mirarle siquiera. Imposible. Al notar la expresión de él, seria y vacía, no pudo evitar preocuparse, sentir la necesidad de preguntar aunque fuera la cosa más básica y estúpida de las normas de cortesía humana:

— Brian, ¿cómo estás? Buenos días.

Cerró su boca casi en un acto reflejo. De inmediato se dio cuenta de la tontería que había hecho, la pregunta que se le había escapado. ¡Si, escapado! ¿De qué otro modo preguntaría tal cosa siendo tan obvia la respuesta en su expresión? Bajó la mirada otra vez a los libros, apoyó la caja sobre una mesa anexa, y se encaminó hacia donde había quedado la pobre víctima de su colega, desparramada por el suelo. Juntó el objeto con suavidad y delicadeza quizá equiparable al que se puede sentir por algo muy preciado, y lo cargó en brazos como si de algo demasiado frágil se tratase. Se acercó al escritorio donde se encontraba el castaño y con voz suave pero a la vez demandante y ambos ojos cerrados, musitó:

— Pídele disculpas.
Publicado por Marie Abney el Mar Oct 11, 2016 12:42 am



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