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Views from above — Elle.

Rió de forma trémula, sin exagerar, pues era más que consciente de que si trataba de fingir una cadena de carcajadas demasiado sonoras, los acompañantes que tenía en aquel preciso instante notarían que algo no iba bien. Asher acababa de hacer una broma, sin embargo, y aunque las risas de sus amigos resonaban a su al rededor, el no llegó a escuchar nada, no estaba prestando atención, pero aún así, imitó al resto para no destacar. Zeta nunca destacaba intencionadamente, prefería moverse entre las sombras y actuar de forma rápida y dolorosa, sin preámbulos, pero su cabellera rubia y su altura bastante por encima de la media dificultaban bastante su tarea.

No podía sacarse aquellos grandes ojos azules de la cabeza, su recuerdo le perseguía día y noche, y, durante aquellos días desde el encuentro en la sala en la que habían bailado juntos, Gael no había buscado a Elle, más bien la había evitado, en su infinita necesidad de recomponerse, de poner en marcha a su ejército completo antes de volver a entrar en batalla. Todo cuanto hacía era planear el golpe maestro, la enfermiza forma de hacer que le odiara.

No tenía una explicación en su fijación con conseguirlo, ¿qué pretendía? ¿Destruirse a sí mismo? Porque hacía ya mucho tiempo que la naturaleza se había encargado de hacerlo por él, una tormenta desafortunada decía su padre, como si ya apenas careciera de importancia. Sólo sabía que ella le hacía sentirse vulnerable, le hacía empequeñecer y soñar con cosas bonitas, y eso no era permisible, él estaba castigado, de por vida, y no podía permitirse esa clase de cosas, sólo los débiles y los inocentes podían hacerlo.

Una jugada definitiva apareció en su cabeza de forma inmediata, se levantó de la mesa de la sala de estudios, en la que realmente no estudiaban, sólo buscaban pasar el rato, se disculpó y salió disparado como alma que lleva el demonio, sin dar más explicaciones, sin necesidad de ellas. Llevaba un pequeño taco de apuntes bajo el brazo y un par de bolígrafos, de los cuales, uno no pintaba y el otro lo hacía con dificultad. Así que con mala caligrafía escribió una pequeña nota en el margen de uno de los folios, firmó como Z, y tras replanteárselo todo, terminó de escribir su nombre, firmando como Zavier, y luego arrancó la tira de papel.

Sus pasos le guiaron hasta la habitación de Elleanor, se agachó, y coló el papel bajo la puerta, no llamó, no hizo absolutamente nada más que salir corriendo, simplemente esperó que ella lo viera a tiempo, y mientras tanto, ascendió las escaleras al quinto piso, abrió la puerta de la azotea y puso en la puerta un ladrillo para que no se cerrara.

El viento sacudía su pelo, que le picaba en los ojos, bajo el sol de aquel día de mediados de primavera. Se sentía tan cómodo en el exterior, que si por él fuera, jamás volvería al interior del edificio. Todo sería tan sencillo si no tuviera unas necesidades básicas que satisfacer, allí al menos estaría fuera de peligro. Metió sus apuntes bajo el ladrillo para que el aire no se los llevara, y caminó hasta el muro que protegía la zona de caídas accidentales. No sería demasiado ancho, puede que unos treinta centímetros y poco más de medio metro de altura, pero aún así se sentó allí, dando la espalda a la puerta y dejando que sus pies colgaran al vacío, meciéndolos suavemente a cinco pisos de altitud.
Publicado por Z. Gael Westbay el Dom Sep 11, 2016 4:32 pm



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Olía a tierra mojada, a miel, a lavanda, a las hojas de un libro viejo, a mar. Una luz le cegó. Era tan brillante, tan efímera que apenas podía determinar de donde había llegado. A lo lejos podía divisar un faro de franjas rojas y blancas, como si fuese salido de uno de sus libros ilustrados y plasmado allí a lo largo de la playa. Los dedos se le clavaban en la arena. Podía sentirla raspar la planta de sus pies. El viento soplaba frío, le golpeaba la nuca y le obligaba a andar para que el vestido no se le pegara al cuerpo. En el cielo, una estrella. Una estela que iluminaba su ser y le susurraba que se acerque. De repente divisó unos ojos. Ella conocía aquellos ojos, pues le son propios. A esa mujer el cabello le caía en ondas por la espalda, negro azabache, negro noche.

Corrió, intentaba alcanzarla... pero se detuvo de golpe. Como si sus pies hubiesen sido paralizados. Como si una cadena encajase justo alrededor de sus tobillos.
Una niebla la envolvió. Aquellos ojos azules se perdieron en las olas. "Elle... Elle..." Un sonido cantarín flotaba sobre ella, formando una cúpula de palabras que le eran imposibles de descifrar, mismas que le protegían de la luz cegadora del faro. El sol descendió súbitamente.

Todo se volvió negro. La luz era ahora una sombra que se aproximaba lentamente a ella. Podía sentir el sudor empaparle las manos y el latido rápido de su corazón saltando en el centro de su pecho.

El sonido en la puerta le desconcertó. Quería gritar. Elleanor estaba despierta pero solo veía negro. Negro y aquella sombra. Una silueta que amenazaba con absorber su vitalidad. O eso creía ella. Ahora sabía que había sido mala idea leer Harry Potter antes de dormir. Estaba desesperada. Ningún músculo le respondía. Se mantuvo en un constante forcejeo por unos minutos hasta que algo cedió. La habitación estaba completamente iluminada. Se tocó la frente y pudo sentir su transpiración.

Elleanor se levantó, saliendo de su habitación hacia el baño. Entró apresurada, acercándose al lavabo con exaltación. Las manos le temblaban al intentar abrir el grifo del agua fría. Una vez que lo logró, ahuecó sus manos para recoger agua antes de llevarlas al rostro y empaparlo. Fue en ese momento en que se dió cuenta que no solo se había quedado dormida, sino que había sufrido parálisis del sueño y vuelto a tener aquella ¿pesadilla? que le era tan común cuando era niña. Siempre era igual: una mujer y la playa. Quizá eran las costas de Italia, por ese almibarado aroma que aún podía sentir. Secó sus manos con una toalla de papel y volvió a la habitación. Al abrir la puerta, el viento producido provocó que una pequeña nota volara debajo de la cama.

Elleanor la avistó justo a tiempo, arrodillándose junto a su buen amigo Harry Potter que al parecer había salido volando en algún momento de su sueño. Jodido Harry Potter, con sus varitas mágicas, las escobas voladoras y toda esa mierda. ¿¡Cuándo le iba a llegar su maldita carta!? Elleanor creía firmemente que tocarse la nariz mientras salta con su pie izquierdo es suficiente magia para ingresar en el colegio de magos de pacotilla. ¡Toma eso Harry Potter! Mordiéndose la lengua y sin mirar en donde metía la mano, tanteó el suelo hasta dar con un arrugado trozo de hoja. Estrechó los ojos. La mala caligrafía le asustaba. Por un momento le pareció leer la palabra: azote. ¡Ala! ¡Su Christian Grey le estaba esperando! Cuando por fin unió las palabras, tan solo podía prestar atención a la firma.

Zavier.

Zavier.

Za... Corrió por las escaleras. Solo podía intuir algo malo. Era como en las películas de terror. El malvado nunca firmaba con su nombre a menos que algo realmente malo fuese a ocurrir. El que no debe ser nombrado. Joder, ¿Dónde está Harry Potter cuando se le necesita? Antes de darse cuenta, Elleanor estaba agotada, en medio de la azotea, intentando recuperar su respiración mientras no dejaba de buscarle. Zavier estaba sentado, sus pies colgando al vacío. El corazón de Elle dio un vuelco.

Siempre estuve sola pero nunca quise admitirlo. Al menos ha sido así desde que mis padres murieron. Alguna vez había sido de las sobrevivientes que sonreían aún en las peores batallas, aun cuando su sangre le manchaba los dientes. Dicen que en el seno de la muerte el hombre encuentra un término a su pesar. ¿Por qué la muerte no me ofrece su compasión? ¿Por qué la muerte no me ofrece un asilo lejos del mundo que me rodea?

Me detuve frente a la cornisa, imperturbable. Digna hija que alguna vez mis padres habrían deseado tener. Llevaba en la zurda una flor blanca arrancada de la maceta del alféizar de su madre. Cerré los ojos dispuesta a caer, tambaleante. Yo solo quería a sus padres, quería que nuevamente la muerte nos uniese en otra vida...

Pero entonces, una mano me aprisionó el brazo y me tiró hacia atrás, impidiendo la caída. Cuando me di la vuelta no podía recordar su rostro con exactitud, pero su voz... aquella profunda y desgarrada voz me resonaba diciendo sin cesar...
- ¡NO! No lo hagas, por favor. - Elleanor corrió hacia él y le tomó del brazo. Insistiendo con la poca fuerza que tenía de retroceder. Parecía como si una suave brisa de verano intentase derribar un macizo roble. - Zavier, no lo hagas, por favor, quédate conmigo. - Las lágrimas corrían por su rostro. Si a Zavier le ocurría algo, no habría quien la detuviese esta vez. Zavier. Había intentado ignorarlo durante toda la semana pero era difícil cuando cada vez que aparecía su nombre su corazón le iluminaba con una flecha encima, fluorescente y resplandeciente, que decía claramente. ¡Jodeme, pero hazlo tú! ¡Qué placer que seas t´´u el que me rompa el corazón!

Levantó la mirada asustada. Y cuando se dio cuenta se quedó paralizada, apretando fuertemente su agarre. Sus pequeñas manos alrededor del brazo del joven apenas podían cubrirlo. Elle estaba muy cerca del borde. Lo segundo que supo, antes de quedar completamente muda, fue que era capaz de todo, incluso de superar sus más profundos temores, siempre y cuándo Zavier estuviera a salvo. Zavier, en toda su contradicción, era su paz.
Publicado por Elle Benson el Lun Sep 12, 2016 7:50 pm


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Todo pensamiento era insuficiente, nada parecía hacer llevar una verdad certera al joven de cabellos claros que no hacía más que cambiarse las preguntas una y otra vez. La indecisión era la cumbre de un monte conformado por estratos de miedo e inseguridad, erosionados por golpes que con el tiempo habían ido puliendo su superficie, convirtiéndole en un ser duro e impenetrable, sin embargo, en el interior de la montaña discurrían arroyos que de vez en cuando lograban filtrarse y encontrar el exterior. Ellenor parecía ser la causante de que las aguas encontraran su vía de escape, quien lograba que se abandonara, y se arrepintiera más tarde.

¿Cuán ácidas podrían resultar sus palabras en un día normal? Era algo desmedido, no conocía límites porque sus metas siempre estaban demasiado lejos. Carecía de filtros, censurar sus palabras no era algo propio de él, decía todo cuanto le venía a la mente, no obstante, imposible sería dilucidar cuándo decía la verdad, cuán verosímiles eran sus burlas, y mucho menos si acaso estaba de acuerdo con el veneno que su lengua despedía, como si de una mamba negra se tratase. No era transparente, no se podía ver a través de él, no se le podía conocer sin adentrarse en lo más profundo de la oscuridad de su corazón, pero Elle parecía tan empeñada en hacerlo, en sacarle una sonrisa, que cada vez había más interrogantes abiertos.

Según Protágoras las verdades absolutas no existen, cada cual tiene su punto propio de vista, y desde allí arriba, desde la azotea, con los pies balanceándose al vacío y los cabellos alborotados por el viento casi podía oponerse a aquel filósofo, porque Gael sí conocía una verdad absoluta, una irrefutable y que no admitía modificaciones: Odiaba a Elleanor Benson. Odiaba cómo le hacía sentir, odiaba lo frágil y pequeño que se hacía, y odiaba que la joven de ojos claros le diera aún más terror que la caída ante la que podría sucumbir desde lo alto del edificio.

Alzó los brazos por encima de la cabeza, entrelazando sus dedos y se desperezó, escuchando sus extremidades quejarse. Había citado allí arriba a la menor en lo que supuestamente debían ser diez minutos y ni siquiera tenía reloj. De cualquier forma, no era un límite, no tenía prisa, no era más que su impaciencia y sus nervios haciendo mella en él. Podría esperar allí arriba, tanto como fuera necesario, o como las bajas temperaturas de la noche al caer le permitieran. Aún no tenía claro el plan, ¿Estaba dispuesto a ser tan sumamente cruel? ¿Realmente era capaz de hacer algo así, de obligar a la menor a confrontar directamente sus miedos? Era capaz, podía, pero no quería.

Aún así, como siempre, debía recordarse una y otra vez la misma cita, la misma oración que le perseguía desde la muerte del que fue su hermano mayor. No importaba su felicidad ni su realización, no debía reír, ni sentir, porque era debilidad, y la debilidad le alejaría de su deber. Entonces, todo cuanto debía hacer era lo propio, el mismo objetivo de siempre, conseguir que le odiara, que dejase de mirarle en la forma en la que sólo ella lo hacía, sin pena.

Una voz alzada demasiado familiar para él se hizo escuchar a su espalda, y él, hijo del hielo y de la frialdad, se quedó clavado, no hizo nada, no se movió, hasta que ella le agarró del brazo. De nuevo su tacto, que emanaba calor incluso a través del jersey que Zeta vestía, casi logró hacerle perder toda concentración, que se olvidara de todo cuanto sucedía a su al rededor y quisiera envolverla en sus brazos. —Estoy contigo. Siempre —sus palabras un susurro, su mirada perdida en la contraria y las defensas tan bajas que hasta un catarro podría matarlo, la más pura y absoluta sinceridad, esa a la que Protágoras negaba existencia.

Se dio cuenta entonces de lo que sucedía, aquel plan que había ideado y que tan poco había tardado en irse al traste comenzaba a hacer efecto, haciendo que Elle entrara visiblemente en pánico. Era ahora o nunca, pero el nunca era una palabra tan bonita, y el ahora siempre le había asustado tanto, que fue incapaz de decidir. Cogió una de las manos de la chica, de forma muy suave y esperó, esperó una reacción, un estallido, un indicador, esperó cualquier cosa que le dijera cómo debía proceder. El rostro propio relataba el miedo y la preocupación, pero como ella, era incapaz de pronunciar palabra.
Publicado por Z. Gael Westbay el Jue Sep 22, 2016 6:13 pm



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Elleanor recordaba a su abuela. Su madre siempre decía que eran parecidas. Muy pocas veces había cruzado palabras con ella pero cuando lo hizo se llevó consigo un pedacito de esa alma libre y aventurera que la caracterizaba. Era una mujer sabia. Y católica. Para aquella época la iglesia había ocupado una parte muy importante en la vida de la familia. La iglesia era el refugio de la guerra que se aproximaba. Como italiana que era, no tenía otra opción en su baraja. Su abuela le contaba siempre una historia que se daba en el génesis número dos, una historia que le atrapaba, le hacía sentir, le ilusionaba pero sobre todo le daba esperanza.

Dejando de lado varios detalles, la parte más importante consistía en que de las costillas del hombre se creaba la mujer. De esta manera, quedaba un vacío en la estructura que había sido relleno de carne por Dios y al que que denominaron vientre. El vientre era el punto débil. Las costillas podían cubrir los órganos del ataque de una daga, pero cuando se clavaba esta por el vientre no existía barrera alguna. El hombre, en su afán de conocedor, comenzó a querer a la mujer y para demostrar su amor la abrazo. Fue entonces que comprendió que sus debilidades estaban expuestas, frente a frente, pero que existía una barrera protectora para cubrirlas: la espalda. Allí, había dicho la anciana mujer, comprendieron lo que era el amor. El amor era protección mutua, era demostrar las debilidades, era exponer lo más profundo de sus entrañas.

Elleanor no perdió un segundo. Sus pequeños brazos envolvieron el cuerpo ajeno. Apenas podía cubrir su espalda. Pero Elle no se dejó opacar. Ladeó el rostro y lo apoyó en el pecho ajeno, temerosa. Era la primera vez que permitía ese tipo de contacto físico. Gael olía a hierbas, a sol, a hogar. Le reconfortaba estar entre sus brazos. Cuando su calidez la abrazó, por primera vez se sintió plena, descansada. Hacía una semana, desde que bailaron juntos, que no sentía esa sensación tan extraña y casi efímera. Era inefable. Tan fuera de lo común, tan etéreo, que tuvo miedo. Elleanor andaba de pérdida en pérdida, perdía lo que encontraba y sentía mucho miedo de que se le caiga la vida en alguna distracción. Como había leído alguna vez de Galeano.

Elle sabía que ese abrazo no sería sempiterno, y quizá por eso se alejó antes de si quiera pueda cerrar los ojos. Se alejó porque aún tenía coraje, se alejó porque con eso podía proteger lo poco que conservaba de su corazón. Se alejó porque su abrazo no le significaba nada a él. Se alejó porque un tornado de mariposas le explotaba en el vientre. Se alejó porque no contó que hasta el mejor de los asesinos contaba con ases bajo la manga para clavar la daga en el momento justo.

Elle lo miró fijamente, con dolor, y se dio la vuelta para esquivarle la mirada. Comprendió que él solo jugaba con ella por esa mirada fría que tenía o que al menos sentía que era así como le observaba. Casi podía helar lo más profundo de sus entrañas. Se dio cuenta que Gael tenía la fuerza para hacerla y deshacerla como quisiera, y por eso se envolvió con sus brazos, diminuta, apenas dominando el ligero temblor de su labio inferior. La soledad le pegó como una daga, como esa que había querido evitar pero que le atravesó el pecho cuando menos lo esperaba.
Levantó el mentón. Algo había cambiado en su mirada. Sus brazos inertes aún quemaban por el contacto. Como si fuesen un imán. Siempre. - No lo estas. - susurró. - Gael, detente. No puedo jugar este juego. No vine hasta aquí para que te burles de mí. - su voz apenas era audible. Apenas podía pensar teniendo el vacío tan cerca. Tan próxima a caer.

Por primera vez le enfrentó erguida, alta, capaz. Los ojos azules y gélidos, penetrando las pupilas ajenas. - Destruyeme, hazlo, haz lo que te de la gana. No podrás dañarme más de lo que estoy. - dijo sin filtro. Elleanor se acercó a él, cara a cara, la diestra en puño para no temblar. - Pero al menos no soy cobarde, al menos me enfrento a lo que me depara. Prefiero agonizar de dolor, escupir sangre y tener cicatrices de por vida. Prefiero morir antes de no sentir nada como tú lo haces. - Elle cerró los ojos. - ¿Acaso siquiera tienes un corazón? - cuestionó. - Pues realmente me da pena que no lo tengas. - y hasta a ella le dolió, la tonada inglesa brotando hasta por los codos, el sonido melifluo.

Elleanor hubiera permitido todo, que le arrebatara su dignidad, su valentía, su afabilidad. Hubiera compartido su corazón si tan solo tuviese un signo de esperanza.

Pero a duras penas comprendió que tan solo era un juego absurdo que le depara el destino. Y ella había decidido no jugar esta partida aunque ya todas sus cartas estuvieran en la mesa.
Publicado por Elle Benson el Dom Sep 25, 2016 12:42 am


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Frío, un frío asfixiante invadía cada célula de su cuerpo, cada pequeño orgánulo se veía arreciado por la sensación fisiológica fuera de aquellos muros. Poco faltaba para que el curso llegara a su fin, poco más de un mes diría el de cabellos blancos, y sabía lo que le esperaba fuera, la vida como miembro de la familia Westbay, como modélico hijo del senador Abraham Westbay, en el ojo del huracán, espiado en todo momento por las cámaras de aquellos que querían hacer caer al hombre. Le esperaban eventos, cenas, fiestas de etiqueta, verse en la obligación de relacionarse con todo tipo de personajes públicos, sonreír y dar la mano, el mismo protocolo de siempre con las mismas personas superficiales y planas de siempre.

Frío. Nunca cambiaría, nunca dejaría de ahogarse en un vaso de agua mientras todo lo que le rodeara fuera hielo que hiciera sus articulaciones pesadas y tirase de él hacia el fondo.

Pero de pronto aparecía ella, haciéndole olvidar sus planes, sus protocolos, tirando sus barreras por tierra y haciendo que todo lo malo pareciese un poco más bueno. Descolocaba todo en Gael, alteraba hasta la más mínima fibra de su cuerpo y despertaba un torrente de emociones mezcladas que había llegado al punto de ser incapaz de reconocer por separado. Ahora sólo lo clasificaba como ''lo que sentía al cruzarse con Elle''. No había otro nombre, no había explicaciones que pudiera dar, simplemente dos ojos azules tan intensos como el mar Pacífico junto al que había crecido y sus pulsaciones a un ritmo vertiginoso. Elleanor era el calor que le faltaba, era la dulzura que su forma de actuar desechaba, era todo cuando Zeta no podía ser, y sentía una infinita necesidad de ella.

Sus brazos devolvieron la misma intensidad cuando sus pies volvieron al interior, se alzó, con su imponente y esbelta figura, y la joven le abrazó. Se sintió completo, el vacío que sólo ella era capaz de llenar estaba a punto de rebosar, y era lo mejor que había sentido nunca, la felicidad en su más puro esplendor. Sabía que Elle, con su rostro escondido en su pecho podría escuchar el acelerado latido de su corazón, y aquello no le haría ningún bien a aquella figura que siempre había querido mantener frente a la morena. Pero pensó, erróneamente, que quizá todo podría empezar a cambiar, sus ilusiones volaron y por primera vez se vio capaz de creer en un futuro tan incierto como la vida misma, a su lado, con ella, siempre.

Pero su siempre fue tan corto como los de los cuentos de hadas, al pasar la página, no había más, una hoja en blanco, una contraportada que difícilmente ve la luz, renegada a pasar su vida en las sombras, boca abajo, y así se sintió Zeta cuando Elle negó sus palabras. No le creía, veía la decepción en esos ojos que tanto le gustaban y el dolor emocional fue desgarrador. ¿Desde cuándo le afectaba tanto? ¿Desde cuándo hacía que se sintiera tan pequeño, tan herido? Sus brazos cayeron a sus costados y sus manos buscaron resguardo del frío en sus bolsillos. El viento agitaba su pelo, que picaba en sus ojos, y la premonición de tormenta se hacía más notable.

Claro que lo estaba, estaba siempre junto a ella, no había día en el que no la buscara, desesperado, como lluvia en pleno Sahara.

Se burlaba de Elle porque no encontraba otra forma de acercarse, porque no conocía otra manera de poder cruzar siquiera dos palabras con ella. Su garganta estaba atorada, estaba sin palabras, su labia había decidido abandonarle cuando más falta le hacía, y todo cuando quería y necesitaba era huir, huir como un cervatillo asustado. La postura de Elleanor había cambiado, y vio una determinación y un valor que nunca antes había conocido. Era un cobarde, lo había sido desde el mismísimo día en que le comunicaron que su hermano estaba muerto. Dejó que hablara, mientras poco a poco su alma encogía, dolorida, resentida. ¿Tenía un corazón?

¡Claro que lo tenía! Y no dudaría un segundo en entregárselo a Elleanor si no le odiara, porque Gael estaba seguro de que le detestaba, ajeno a lo que significaba que le pidiera que se quedara con ella.

Se volvió a erguir, estiró su espalda, y sus pies subieron, uno tras el otro, al muro que separaba la vida de la muerte. Sus fuertes botas de montaña resonaban en cada paso que daban sobre el muro. Caminó por el borde, giró una esquina, y apoyó el trasero en una chimenea que sobresalía. —¿Crees que la caída me mataría? —miró hacia el exterior, el suelo que parecía tan lejano. —¿Por qué no echas un vistazo, Elleanor? —su nombre casi fue veneno en sus labios. —¿También te daría pena? ¿Eh? —su tono de voz fue más elevado esta vez, las palabras que ella le había dedicado aún doliendo como cuchilladas en su pecho.
Publicado por Z. Gael Westbay el Miér Sep 28, 2016 3:12 pm



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El color abandonó su rostro. A Gael le gustaba jugar. Jugaba con ella y con su vida como si él pudiese dominar al destino. Elleanor no era tan poderosa. Gélida. Elle se mantuvo distante pero firme, no se dejó intimidar por su mirada. Se encontraba hipnotizada, atenta. La brisa hacía danzar los cabellos casi blancos del joven, le otorgaban un aspecto eminente. Elle tenia la necesidad forzosa e inapelable de acercarse, pero no lo hacía. - Xavier. - le llamó, dulce, ante sus palabras duras. Xavier no sabía que aquel veneno, poco a poco, le hacía suya.

Elleanor tenía muchas posibilidades, pero la más sensata era solo una: huir y dejarlo allí, en soledad, porque Elle merecía conservar lo poco que le quedaba. Quizá si, debía correr hasta estar lo suficiente lejos para que nadie viese como se arrancaba el corazón del pecho y lo guardaba en una caja bajo llave, muy profundo donde ninguna persona pudiese encontrarla. Pero bien sabía Elle que cuando lo hiciese se daría cuenta que había dejado atrás la mitad de aquel órgano tan estúpido y pequeño, que en su inmensidad puede contener aún más de lo que se supone.

Y entonces decidió jugar su juego. Porque para aquel momento ya no existía una soledad absoluta, ni una tía maltratadora, ni unas primas crueles, ni una casa que no es un hogar, ni sus padres, ni la muerte, ni ella. Todo era él. Xavier. Por mucho que lo evitara a Elle le gustaba volver a a su rostro. Sus ojos de hielo fundirse con los propios; como su boca se torcía formando aquella sonrisa efímera, tan intima. Le gustaba recordar el roce de sus labios con la tela de su camiseta y el embriagante perfume que le enloquecía. Recordar sus abrazos y el sonido de su voz. Esa manera tan peculiar de desnudarle con tan solo una mirada.

Inhalo profundamente y se subió al muro. Agradecía que la danza formara parte de su vida, de no ser así habría perdido la estabilidad y caído al vacío. Elleanor intentaba no mirar hacia abajo. Su miedo estaba controlado lo suficiente como para mantenerse quieta, pero no para avanzar hacia Gael. Intentó imaginar que esto era el cielo. - Lo hará - "Como a mis padres." quería agregar.

Cuando por fin se sintió segura observó a Gael. - ¿No lo entiendes, verdad? - preguntó. - Me da pena que no me dejes entrar. - y se refería a su corazón. Las comisuras se elevaron para formar una sonrisa pero sus ojos estaban llenos de lágrimas. Estaba cansada de llorar frente a él. - Si tu te caes, iré tras de ti. - confirmó. No era una amenaza. Elleanor estaba segura en sus palabras. Ya lo había intentado una vez, no sería una novedad.

Cuando lo conoció a él su mundo había cambiado. Había encendido una pequeña vela en el altar que componía toda su vida. Aquel chico podría catalogarse como una de las razones para vivir que poseía. Quería contarle sus secretos más profundos pues sabía que no la juzgaría como las demás personas. O eso creía ella. Elleanor odiaba la lastima.

Xavier era aire. Xavier era la esperanza que necesitaba para seguir adelante.
Publicado por Elle Benson el Miér Sep 28, 2016 9:50 pm


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Su tono siempre era dulce, tranquilo, tan suave que le hacía enfadar. ¿Por qué se comportaba con él de aquella forma? ¿Por qué le trataba tan bien cuándo no hacía más que despreciarla? Ya no sabía qué hacer para buscar una reacción en ella, necesitaba que le gritara, que le insultara, que le dijera que le odiaba y le arrancara el corazón, que le dejara sin rastro de humanidad y acabara con todo lo que le mantenía atado a la banal superficie del planeta Tierra, necesitaba que acabara con todos aquellos horribles sentimientos que se desataban en su pecho y le hacían sentir tan bien.

Él no debía sentirse bien, no lo merecía, no se lo podía permitir.

Sus pasos fueron tan firmes a lo largo del muro que se asustó, jugaba con la muerte, se batía entre unos límites que no estaban definidos, se esforzaba por mantener un equilibrio en una línea tan estrecha que ni siquiera superaba el largo de sus botas. Gael era tan sumamente inseguro, que dudaba incluso de su capacidad de hablar, de enfrentarse a ella, y su mente le gritaba que huyera, y su cuerpo le pedía que corriera, y su corazón..., su corazón estaba tan confundido que el odio se mezclaba con todo lo demás, lo apretaba con fuerza, lo envolvía y anudaba, creaba una perfecta envoltura que con los años se había fortalecido.

Pero sólo hacía falta la mirada de Elle para desgarrarla.

Su mirada, siempre gélida, cansada, atormentada, mostró un asombro muy poco propio de Zeta cuando los pies de Elleanor subieron al muro. Juraría que sus labios se habían entreabierto en un gesto de profunda sorpresa de no ser porque su mandíbula estaba tan apretada que convertía su boca en una fina línea. Terror recorriendo cada uno de sus vasos sanguíneos, ¿y si caía? ¿Y si sus ojos quedaban cerrados para siempre? Ella lo había dicho, aquella caída sería letal. ¿Cómo podría vivir con ello, sin ella? Sin embargo, no se movió, no se levantó, continuó mirando a la joven de lado, sus brazos cruzados y sus manos temblando de una forma incontrolable.

No lo entendía, nunca lo había hecho, carecía de todo sentido porque no concebía que alguien pudiera simplemente soportarlo, que aguantara todas sus tonterías, porque sí, Gael sabía de sobra que lo eran, insultaba, amenazaba, maltrataba a cualquier alumno que se cruzara en su camino y no hiciera lo que quisiera. Odiaba perder porque su orgullo era incluso doloroso. Pero al final del día, cuando las mantas cubrían su cuerpo y se permitía creer que estaba a salvo, sabía que no eran más que tonterías, infantiles crueldades que no le llevarían a ningún sitio, que le destruían poco a poco, golpe a golpe, y le dejaban cada vez más magullado, más herido, y de forma irreversible.

Sus miradas se encontraron, sus pulsaciones aumentaron, su respiración se contuvo. Quería entrar, ¿pero para qué? ¿Para hacerse hueco y triturarle? ¿Para reírse? —¿Por qué? —su voz temblorosa, debilidad en cada uno de los poros de su piel ¿En qué momento alguien decidía que quería conocer a una bestia como Zavier Westbay? El gran interrogante, la mayor pregunta que le acechaba, una respuesta era menester, una que quizá no pudiera obtener.

La seguridad en las palabras de Elleanor hizo que el pánico aumentara. No podía ir tras él, no podía permitirlo. Renunció a su altivez, a todo lo que intentaba demostrar y sus pies volvieron al suelo, se alejaron del borde. —Baja —no había autoridad, sólo una simple súplica, ni siquiera hubo un por favor porque estaba implícito en su tono de voz.
Publicado por Z. Gael Westbay el Jue Sep 29, 2016 8:14 pm



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