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What you wanted | Jack

Me encontraba sentada en el alfeizar de una de las ventanas de la biblioteca menor, con mis pies apoyados en una silla y una mano en mi mejilla, observa a las personas que pasaban, aunque no eran muchas dado que las clases parecían haberse dado por terminadas hasta final de semestre. Miraba las caras cabizbajas y tristes que buscaban consuelo de alguna manera. Tantas muertes, aquello no era necesario. Todo lo que habían pasado. El inicio donde muchos, como yo, pensaron que solo se trataba de una broma, una broma que acabaría cuando encontraran a los chiquillos responsables. Pero no era ninguna broma, era bastante real, y eso me daba miedo. Mucho miedo.

Había considerado la posibilidad de agarrar un bolso y marchar de ese lugar, pero me había quedado, porque era lo que Roger hubiera hecho, solo que en vez de ponerme a investigar me quede haciendo mi trabajo, y solo me dedique a observar. Quizá escuchara lo que alguien quería que nadie escuchara. Era común que trataran a las personas de limpieza como si fueran completamente invisibles, ya me habían advertido de eso, y curiosamente había sido mi madre entrando a una tienda, diciendo que siempre había que saludar a los de limpieza para que no tengan trauma de que eran invisibles. A veces me sentía así, lo tenía que aceptar, pero no lo era. Al menos no lo era para personas que eran importantes para mí, si luego el resto quería hacer como que no existía, era su problema, pero sacaría mi provecho de eso.

Quizá podía juntar información suficiente para ser los oídos de las nuevas autoridades o de algo más. Había escuchado rumores de un grupo que parecía querer solucionar el problema, pero no me pude hacer demasiado la distraída porque, si notaban que estaba cerca cuando quería ser invisible. Un grupo secreto, solo yo metía mi oído donde no me correspondía, pero al menos sabía que había alguien haciendo algo. Y quizá podía ayudar. No estaba segura, ¿quería meterme en eso? Si haciendo mi trabajo salía con vida no tendría de que preocuparme, ¿no es eso cierto? Quizá todas las personas secuestradas recibieron lo que merecieron por metiches. Quizá no debería escuchar conversaciones ajenas, aunque a veces era divertido. Había muchos que hablaban de cosas que, si fueran un poco más grandes entenderían.

¿Qué estaba pensado? Ni siquiera debería estar pensado, debería estar haciendo mi trabajo y pretender que era invisible, y ser una en eso, aunque no era una especialidad que haya llevado mucho a cabo. En fin, debería trabajar. Miré el balde lleno de agua con lavandina y el carrito donde traía otros productos de limpieza. Debería…
Publicado por Júpiter O. Kurosawa el Vie Ago 19, 2016 2:36 pm




She looked at him as if it were a strange question. And then she shook her head. “Death comes for everyone,” she said simply. “I’m not afraid of dying. But I am afraid of dying here.”
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Presumir que se sabe de algo suena horriblemente egocéntrico, ¿no? Siempre se relaciona con el típico comentario de chulo de turno que va de sabiondillo -o de cuñado imbécil que suelta soliloquios aburridos durante las cenas de navidad- y luego no entiende absolutamente de la vida. O bueno, en la otra cara de la moneda tenemos el ejemplo de las personas que fingen ir de sobradas, de inteligentes para tapar sus millones de carencias afectivas, emocionales, su baja autoestima... Y podría seguir durante horas enumerando un amplio catálogo de secretos que nadie quiere reconocer en voz alta, pero no es ese el tema que quiero tratar contigo.
Porque yo sí que estaba seguro de algo, sin margen de error posible: Jack Hudson era un tremendo hijo de puta.

¿Cómo había podido abandonar el comedor tras la aparición de los cadáveres y marcharme de allí como si nada? ¿Cómo? Esa pregunta, y miles más de tinte semejante, bombardeó mi cabeza desde el mismísimo momento en el que me atreví a subir las escaleras para volver a mi cuarto sin hacer el mero intento de voltear la cabeza. Desde que puse el primer pie en el dormitorio mi cerebro se activó de nuevo, recargando mis ganas de girarme y volver al auditorio a toda velocidad, pero una incipiente cobardía que creía enterrada muy dentro de mí hizo acto de presencia. Su única intención era la de recordarme la porquería de persona que siempre había sido; la persona asquerosa de la que no podía huir por más kilómetros que volase en un avión.

Mi juego sucio y mi inestabilidad me habían convertido en un maldito criminal.

Pasé horas golpeando las paredes de mi habitación, a veces con los puños, a veces con todo aquel objeto que encontré tirado en el suelo. Un chico de quinto entró ya de madrugada con la única intención de pararme, pero al verme tan fuera de mí decidió dejarme tranquilo. Nunca perdía los nervios, así que no puedo juzgarle. Ver a alguien que peca de excesiva tranquilidad en pleno ataque de nervios no debe ser agradable. Sobre todo si esa persona está golpeando los ladrillos de una pared con una silla.
La conciencia de uno a veces le juega malas pasadas, y la mía decidió regalarme el premio gordo después de jugármela.
De verdad, es que no se puede ser más hijo de puta.

Tras caer rendido sobre mi cama, sin saber exactamente a qué hora sucedió, mi siguiente recuerdo me transporta a la biblioteca menor al día siguiente. O mejor dicho, a la tarde siguiente. Debí caminar como un zombie hasta el baño y vestirme con el piloto automático puesto, como hacía durante mi adolescencia después de una gran resaca -tomemos “adolescencia” por el verano de mis dieciséis años-, porque si no no me explico cómo diablos conseguí hacerlo. La evidente diferencia  era la falta de alcohol en mis venas. Esa sustancia llevaba sin visitar mi cuerpo más de año y medio y fíjate, me sentía igual que después de una noche de borrachera y desfase extremo. Puta vida. Puta biología. Puta Gaia que tanto odia a Hudson.

No había comido desde hacía veinticuatro horas y mis tripas me lo recordaban mientras paseaba entre las estanterías, con las manos dentro del bolsillo de mi sudadera y mascullando la palabra “subnormal” cada dos segundos. También iba repartiendo patadas al aire porque la única asignatura que suspendía se llamaba “autocontrol”. La gente se había confinado en sus cuartos por el miedo a ser asesinados y violados por un encapuchado, así que creía que el lugar estaba vacío.
Y ese pensamiento se mantuvo vigente hasta que, por imbécil, pateé un balde lleno de agua con el que me topé al bordear una estantería. El líquido se extendió en cuestión de segundos y yo...
Yo me quedé parado, sin sacar las manos del bolsillo y con los labios fruncidos. Mi mirada vidriosa se quedó plantada en el charco de agua que amenazaba con acercarse a los libros de los estantes más bajos.
Porque, dispuesto a ganarme el premio al ser más incoherente del planeta, ¿para qué iba a agacharme y ayudar? ¿Para qué?

Jack, eres gilipollas. Completamente gilipollas.
Publicado por Jack A. Hudson el Mar Ago 23, 2016 7:39 pm



Run, you clever boy, and remember:



Before...




After...


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I know I could have been a better man. I always had to have the upper hand. I’m struggling to see the better side of me but I can’t. Take all your jabs and taunts. You’re pointing out my every fault and you wonder why I walked away.
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Me sentía como una niña que no quería hacer la tarea de la escuela.

Los pensamientos me llevaron a Vee de manera automática. Mi pequeña niña, me pregunto si ella también se está negando a hacer las tareas, aunque, por la hora, debería estar en clase en ese mismo momento. La extrañaba tanto, ella era tan hermosa, tan dulce. Amaba trenzar sus cabellos rubios, probar mil y un peinados en aquella cabecita. Amaba su sonrisa, incluso cuando delataban que estaba en problemas o lo estaría. Amaba todo de ella, lo grande que estaba cada vez que volvía a casa, sus historias, la forma de sus ojos, sus dedos pequeños. Quería volver a casa, de abrazar su menudo cuerpo, de estar con ella y prometer que nunca más volvería a irme.

¡Hey! ¡Sí, tú! No te quedes ahí mirando —le recrimine al joven que había pateado el balde de agua sacándome de mi ensimismamiento. Mi reacción en esas cosas solía ser un poco mejor, no tanto cuando entraba en pánico, pero eran situaciones diferentes. Levantándome de mi puesto me apresure a poner el balde como correspondía y, de manera tal, que dejara de desparramar agua por el suelo. No había terminado de levantar el balde que ya tenía el trapo en la otra mano y lo tiraba a los pies de la estantería para que no se mojasen los libros que allí se encontraban. Me volteé para darle indicaciones al joven—: Ve sacando los libros para que no se mojen y comprueba si están mojados, si lo están déjalos a un lado para que después se les pueda secar.

Si bien mi voz sonaba como si estuviera enojada, no lo estaba, solo estaba ¿asustada? ¿Nerviosa? Una mezcla de ambas, apurada también podría ayudar a describir como me encontraba, deseando ser un pulpo con mil brazos para poder secar el agua de los bordes y evitar que más de un libro sufriera lo que un poco de agua sucia podía hacerle. La tinta era tinta, el agua, nunca ayudaba. En libros modernos no importaba mucho, las impresiones en aquellas hojas que parecían laminadas, solo hacía que la hoja se arruga, el libro se podía secar, planchar y volvía a estar como nuevo. Lo había hecho más de una vez, cuando trabajas en limpieza y eres torpe aprendes de todo ese tipo de cosas. Y, por supuesto, yo estaba preparada para cualquiera de mis eventuales ataques de torpeza.

Con ayuda del trapo empuje el agua al centro de la sala, lejos de los libros y de las siguientes estanterías. Aquel trapo de piso ya estaba empapado, pero, para aquello, había dejado el balde cerca. Ya de rodillas, acerqué el balde un poco más y estruje el trapo para poder seguir con mi tarea. No sabía para qué había limpiado esa zona o por qué me había detenido. Negué en silencio, tenía que usar esos cartelitos que indican que el piso estaba mojado para que esas cosas no pasaran, pero los había dejado de usar cuando me había dado cuenta que los ignoraban y que, además no eran necesarios. Si yo iba sin esas cosas, mucho más cómoda y con menos peso, era lo mismo, y podía hacer mucho mejor mi trabajo, pero no estaba preparada para esto.

Saqué un libro de la estantería, era una viejo, de esos que se mojan y la tinta se corre—. Espero que el bibliotecario no me mate, o que no sea un libro importante, aunque no debe serlo si se encuentra en esta zona olvidada.

Le comenté al chico, el cual esperaba que estuviera haciendo lo que le pedí. No había hablado con el encargado de la biblioteca, que ahora también estaba a cargo del internado, pero, por lo que decían las personas, era buena gente. El problema estaba en que, si era bibliotecario, entonces amaba los libros, o lo habían mandado a hacer tareas pasivas por alguna enfermedad que haya afectado las cuerdas vocales, eso también podía pasar. Volví a negar, tenía que empezar a negar mis pensamientos. Volví a repetir el procedimiento del trapo tratando de pensar solo en el piso mojado.

Por primera vez en mucho tiempo tuve ganas de dejar ese lugar, buscar una manera de renunciar al puesto en que había estado todos esos años. Era demasiado, haber tenido que limpiar esos cuerpos del comedor, tener que enterrar, no era para lo que me habían contratado. Me habían contratado para estas cosas, para limpiar el piso porque un joven accidentalmente dejó caer el balde de agua. Para limpiar mesas y despegar chicles de debajo de los escritorios. Quería volver a casa, estar con mi hija. No quería vivir esta película de terror.

Me senté en el piso para estar más cómoda para trabajar. Estaba mojado, pero esa era mi ropa de trabajo que podía poner a lavar y cambiar ni bien haya terminado.
Publicado por Júpiter O. Kurosawa el Sáb Sep 10, 2016 6:34 pm




She looked at him as if it were a strange question. And then she shook her head. “Death comes for everyone,” she said simply. “I’m not afraid of dying. But I am afraid of dying here.”
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