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Argos Lluvia, Ka'ehu "Kai" Kale

Ka'ehu "Kai" Argos Lluvia



Datos Básicos

Edad: 28 años.
Grupo: Personal.
Rango: Guardabosques.
Played by: Marlon Teixeira.

Historia

Fecha de Nacimiento: 9 de agosto, 1987
Lugar de Nacimiento: Kihei, condado de Maui, Hawaii.

¿Sientes eso? ¿Lo has sentido alguna vez? Sí, ya sabes, eso. Esa sensación, ese malestar, ese vacío que hormiguea en tu interior, que te araña para consumirte, para que dejes de sentir, aun sintiéndolo — un vacío doloroso, pútrido, sangriento, desesperado. Un vacío frío, desierto. ¿No lo sientes? Insensible. Eres insensible; como yo.
Hay vacíos sonoros, huecos con eco que gritan, olvidando toda su voz en un mero aullido para ser escuchados; vacíos tan ruidosos como silentes, que palpitan y lloran implorando estímulos, algo que les accione, como un diminuto muñequito que aguarda decidido a que cualquier mano desconocida tenga el coraje de darle cuerda, un diminuto muñeco que aguarda decidido a lo imposible: porque ya está olvidado, ya lo han olvidado, ya está muerto para aquellas manos que jamás se atreverán a rozar siquiera su diminuta y oxidada y olvidada llave. Hay... Hay vacíos secretos, tan callados como ese pequeño y abandonado trasto vestido de niño. Hay vacíos que callan sin esperar nada, callan sin implorar nada porque no hay nada que les haga esperar, que les haga anhelar. Vacíos abismales que atrapan y drenan todo y nada cuanto les rodea; que drenan y llenan aquellos otros vacíos, los vacíos de verdad. Hay dos tipos de vacíos: yo soy ambos.
Kai Argos:
Como una mala hierba extraviada en un terreno equivocado y arrancada por su naturaleza problemática, nací siendo nada. No era nada más que una pequeña bolita de carne de color marrón y ojos tristes cuando nací unido al frío, a la noche, allí, fundido en las aguas de Kihei una noche de verano. Las manos de mis padres no fueron las primeras en acariciar mi piel, sino la sal que escupía el mar a través de las olas; todavía recuerdo ese olor tan vivo bautizando mi cuerpo, haciéndome suyo. Los dos individuos que ayudaban al mar a sujetarme me contemplaban con una sonrisa tan brillante como el espejo que la luna creaba en el agua; ¿quiénes eran? En ese momento no lo sabía, pero me agradaban. Todavía no lo sé, pero siguen agradándome. Nací y crecí alimentado con rumores sobre mis padres: dos adultos de noble corazón y pobre condición que amaban en demasía todo lo que era suyo, los pocos objetos que poseían para su subsistencia, el fugaz hogar maltrecho que por dificultades económicas se vieron obligados a suceder por la confortable calidez de las calles, y un diminuto cachorro de piel morena que cayó del cielo (o del mar) en sus brazos como un sedante para dulcificar el camino tan crudo en el que la vida los había arrojado. Oí — Sentí que me amaban, que a pesar de todo el dolor que les hacía morir cada día un poquito más rápido, era yo y no el deseo de vivir lo que los mantenía vivos a ambos. Después de tanta soledad, de tanta pérdida, de mendigar por comida y fuerza para seguir en pie, después de tanto, por fin habían encontrado algo que verdaderamente era suyo. Y estaban dispuestos a perderlo si aquello garantizaba que aquel cachorro moreno no iba a beber de la misma suerte de la que bebieron ellos. Así, nací y crecí como una mala hierba que terminaron arrancando de su terreno para ser plantada en otro. Al cumplir mi primer año de vida, celebré la ausencia de mis padres en un orfanato, rodeado de dudas y extraños que jugaban a ser hermanos. Todos trabajaban por ser felices aun desconociendo lo que esa palabra parecía significar; todos sonreían aunque no comprendían por qué. Sentí ser un mero objeto decorativo, el muñeco de un bebé averiado; no sabía reír, no sabía hablar, no sabía interactuar con todo lo que me rodeaba. Inhalaba y exhalaba tristeza, quería volver a sentir a mis padres, sentir el mar y fundirme en él; deseé el escaso pasado vivido y rehuí del infinito presente que todavía quedaba por vivir. Viví rodeado de cabezas sin rostro, marionetas insanas que rogaban por un dueño que nunca parecía aparecer; adornaban sus días de sonrisas, dicha ilusoria y un compañerismo postizo que gritaba pérdida y soledad. Necesitaban apreciar un hogar, comprender por fin qué era aquello que todos tenían excepto ellos. Un frío día de otoño, mi cuerpo yacía abandonado en un triste y enmohecido parque infantil contiguo al edificio donde todos se marchitaban poco a poco, soldado a un tobogán recto de colores chillones; una hoja rojiza besó mi nariz. Un frío día de otoño, contemplé cómo un pequeño grupo de zapatos bien cuidados me rodeaba, confiando en que mi cuerpo estuviera lo suficientemente lúcido como para darse la vuelta, descender los pies que escalaban el tobogán y erguirse como un soldadín hecho y derecho. Un frío día de otoño, eligieron a mis padres. Mi cara se arrugó como aquella hoja que tenía en la nariz segundos antes de ser espachurrada por mis dedos; no entendía nada. A partir de ahora, nosotros seremos tus padres — ¿por qué querían ser mis padres, si ya tenía dos? No necesitaba padres nuevos, necesitaba verlos a ellos, a los que esperé durante diez años en aquel vacío edificio abarrotado de niños sin hogar ni identidad. No entendí por qué todos sonreían, por qué los que se hacían llamar amigos me abrazaban y felicitaban por tener una familia que yo no quería tener. ¿Dónde estaban mis padres?
Un coche teñido de azabache me acogió hasta un aeropuerto cercano donde ascendí hasta el cielo; sentí la Tierra como nunca antes la había sentido — esa fue la única sensación real que padecí durante los dos años que permanecí ligado a aquellos dos individuos hechos de niebla. Aterricé en un lugar todavía más gélido que aquel particular día otoñal en Kihei y, arrastrado como si formara parte del equipaje, el frío me encauzó hasta un apartamento en Rochester, Minnesota. El clima que abrazaba la ciudad vivía en armonía con la atmósfera que asfixiaba mi nuevo hogar; todo era demasiado frío, desde los árboles que desfallecían en las calles hasta los cadáveres que vivían conmigo. El colegio en el que me ingresaron, como un enajenado al que arrojan a un centro psiquiátrico, despertaba la misma simpatía de mis nuevos dueños: los críos solo sonreían cuando de sus bocas germinaban insultos seguidos de apelativos cariñosos como "salvaje". Viví excluido de todo y de todos.
Todavía recuerdo la primera vez en la que me atreví a mirar a los ojos de los despojos que me adoptaron, contemplar sus acciones, cómo se movían y se olvidaban de mí tiempo después de arrancarme, de nuevo, como una mala hierba imposible de matar. No eran mis padres, ni siquiera luchaban por convencerme de ello. Eran máquinas que se limitaban a trabajar, añadir objetos y vidas a su colección y jugar con un modelo de vida con el que fantaseaban: tenían dinero, tenían un hijo y una felicidad tan falsa como inexistente. Eran actores de una película de bajo presupuesto que contaba la previsible e idílica vida de una pareja estadounidense, de ese tipo de películas que nadie quiere ver porque todos conocen ya su final. Pero esta película era distinta. En su doceavo cumpleaños, los individuos hechos de niebla obsequiaron al pequeño con el pedazo de tarta más grande que jamás había tenido el placer de degustar, acompañado de un viaje cuyo camino ya conocía. Aquel pedazo de pastel sabía a despedida; era el dulce y no el abrazo el último contacto que aprecié con los que se hicieron llamar, por muy poco tiempo, mis padres. Cuando regresé al orfanato, todo seguía igual. Aunque no era el mismo lugar, todo parecía igual de muerto como antes. El coche fúnebre que me elevó hasta el cielo dos años antes en un frío día de otoño me arrastró dos años después a la morgue donde me vi forzado a crecer. No era el mismo lugar, pero lo parecía, como suele ocurrir con los millares de cementerios y morgues enterrados en cada ciudad. Entré en el infierno y reconocí el olor: restos de niño saludándome con labios vacíos, abrazándome en una bienvenida desnutrida de compañía; porque todos estaban solos, se sentían solos, aunque vivieran rodeado de cuerpos todavía vivos. Eligieron, como hicieron con mis padres, una habitación por mí y me olvidé hasta que decidieran jugar conmigo de nuevo. Un cálido día de verano, expulsé vida a las puertas del infierno, donde dos individuos hechos de madera se lanzaron a través de las llamas para alcanzarme. Eran inflamables, criaturas terriblemente inflamables, pero aquello no los detuvo. Me tomaron de la mano, mirándome con curiosidad, y susurraron hasta despertarme de mi propio abismo imaginario. Hola, pequeño. Necesitamos una familia, ¿te gustaría encontrarla con nosotros?, fueron las palabras que proyectaron en mi mente. Nada de padres, nada de hijos; solo familia. No tuve más remedio que reír, aunque no supiera cómo. Reí, reí como jamás había hecho antes, reí hasta expulsar lágrimas que extinguieron el fuego que durante tanto tiempo había estado consumiéndome. Abrazaron lo que quedaba de mí y, caído en la inconsciencia de lo ocurrido, desperté en un lugar igual de cálido que aquel peculiar día de verano en Minnesota. Pero no era Minnesota lo que me rodeaba; no olía a cenizas, sino a mar. Un mar tan completo como el que me acunó cuando nací. Reviví en una habitación donde dos individuos de madera me contemplaban, maravillados por el ser que hasta ese momento había dormido plácido sobre unas sábanas de color azul océano. Sentí sus ojos acariciándome desde la distancia, huidizos de un contacto real por miedo a asustar al débil cachorro que habían decidido proteger. Me sonrieron, me hablaron y me alimentaron; me cuidaron como prometieron cuidarme. Y aquel cachorro asustadizo decidió dejarse llevar, arrastrarse por las olas por muy peligrosas que estas pudieran ser. Cambié el frío por un calor que parecía nunca haberme abandonado, cambié Rochester por El Hierro, una isla canaria tan diminuta como yo, cambié la soledad por dos individuos que realmente me querían y, años después, por un individuo más que nació queriendo ser mi hermana. Lo cambié todo, menos mi interior.
Después de siete años de buena suerte, de una vida normal, de una educación que jamás atreví a imaginarme que saborearía, me di cuenta de que no podía cambiarme. Era inmutable, como el fósil de un animal sin nombre. Me hice a aquella soledad que tanto odiaba, la hice mi compañera eterna, y el hecho de vivir acompañado de alguien más solo trajo consigo más soledad; no podía concederles el hijo, el hermano que ellos querían. No podía concederles nada porque, desde el momento en el que me arrancaron de mis padres con solo un año de vida, dejé de existir. No servía como hijo si no existía. No servía como hermano si no lo hacía, y el no hacerlo bastaba para ahogar a las únicas personas que consideraba valiosas. Llevado por el deseo de no consumirlos como ya hacía conmigo mismo, atrapé todas mis pertenencias y los ahorros que había ganado en dispares puestos de trabajo y me despedí del calor que parecía envolver a las mejores personas. Erré, en todos los sentidos, hasta construir un nuevo hogar en la ciudad más fría de Escocia, Inverness. Traté de sobrevivir como pude con las escasas ganancias de mis anteriores y actuales trabajos, habitando como un fantasma en pisos de alquiler y habitaciones compartidas con completos desconocidos. Cuando cumplí veintitrés años, los ahorros que me alimentaban se desvanecieron. Caí en la misma trampa en la que cayeron mis padres, bebí de aquella desdicha de la que tanto trataron de alejarme... volví a morir. Inmutable, me apiadé de la humildad de las calles y su frío, tan frío como ninguno otro. La carne que envolvía mi cuerpo, esa que tan sana parecía años atrás, se desgarró de tal forma que amoldaba a la perfección cada hueso que me completaba como un puzle de mil piezas. Era un maniquí humano, una pieza de madera roída con la que nadie quería ni siquiera compartir oxígeno. Esa soledad con la que me había acostumbrado a vivir no me daba cobijo, ni un trozo de comida, ni un techo donde refugiarme. Vivía —moría solo, abrazado a mis propios despojos, esperando el momento en el que por fin exhalara el último aliento. El único trabajo que podía asegurarme un puesto era el de alzar las manos (o lo que quedaba de ellas), dejar al descubierto mi cadavérica cara e implorar por un poco de comida o unas piezas metálicas con las que poder comprar algo que llevarme a la boca. Si aquel “puesto de trabajo” no me aseguraba la supervivencia, lo hacían las bolsas de comida que acompañaban a mis conciudadanos. Viví así durante un año, solo, en cientos de callejones forasteros; viví solo hasta que una nariz húmeda y peluda decidió robarme la poca comida que tenía. Un agradable día de primavera, mientras mi cuerpo trataba de descansar como podía sobre un cacho de cartón y mi mano se escondía entre los restos de un paquete de patatas fritas, un hocico olfateó con la intención de tragarse todo lo que mis dedos atesoraban con tanto ahínco. Abrí los ojos, aferrándome a la comida como lo haría un hipocondríaco a su salud, y fui testigo de la bola peluda más fascinantemente sucia y adorable que cualquiera, pobre o no, podría llegar a presenciar. Era su enemigo, claro que lo era; mis zarpas custodiaban su almuerzo, y los ojos desafiantes clavados en mi boca empapada de saliva post-siesta eran amenaza suficiente como para regalarle toda la comida que quisiera. Sus ojos, su nariz húmeda y sus tiernas orejitas de niño reemplazaron, sin quererlo, la soledad en la que me refugié durante tantos años. Durante los dos meses más felices de mi vida, compartí mi alma con un cachorro tan abandonado como yo. Compartí mi hambre, mi sed y mi comida con él, compartí juegos y sonrisas, sueños y pesadillas. Compartí tanto como lo hicieron mis padres conmigo antes de sacrificar su amor por mi bienestar, y fue aquella decisión que tanto ardió en mi pasado la que me obligó a desencadenarlo de mí. Una chica, pequeña de cuerpo y grande de corazón, nos alimentó durante horas con comida y conversación junto a sus dos pequeños peludos. Era diferente: no huía de nuestro olor, de nuestro aspecto ni de nuestros famélicos rostros. Sentía vergüenza e ira por nuestra situación, sus ojos empañados de lágrimas suicidas lo corroboraban. Su dolor era tan real como el estado en el que vivía mi hermano; basta. “Basta de condenar más vidas a mi desdicha”, grité mentalmente antes de tomar el brazo de la chica e implorarle que se lo llevara. Llévatelo, rápido. Róbamelo. Acabaría solo, de nuevo, hambriento y abandonado, otra vez; pero no con él. No lo arrastraré a él también. La joven, sumida en un profundo letargo del que parecía no librarse, accedió a mi petición con el rostro todavía empapado de tristeza. Prometió contacto; mi situación no prometió nada.
Tiempo después, mis circunstancias mejoraron. Aprendí a vivir en las calles, a robar sin que nadie pudiera percatarse de mis movimientos; mi cuerpo logró fundirse con el viento y volaba casi tan rápido como él. Era mi estómago y no mi cerebro el que hacía las órdenes, y como fieles esclavas mis manos le obedecían. Mi experiencia robando piezas de alimento que otros compraban por mí, sin embargo, se vio amenazada una noche en la que el silencio imperaba como un rey bajo sus súbditos. Un señor cuya edad fácilmente rondaba los cuarenta se despidió del dueño de una tienda de ultramarinos con una bolsa de compra bajo el brazo; si tan solo hubiera decidido dejarlo pasar, ser una de muchas excepciones… no estaría donde estoy ahora. En un intento de confundir al extraño para atrapar sus pertenencias, me vi enredado en mi propia trampa. Él ya sabía lo que trataba de hacer, yo ya sabía lo que expresaba su cara. ”Ingenuo”, me gritaba con una media sonrisa dibujada en sus labios, ”ven conmigo y deja de hacer el imbécil”, respondió su cabeza indicándome el camino hacia su casa. ¿Qué quería? ¿Qué deseaba de mí, si no era más que otro cadáver decorativo y putrefacto? Erré, erré en seguirlo, y fue uno de los mejores errores en los que podría haber acabado. Cuanto más robes a un desconocido, más conocido se comportará contigo, podría decirse que fue la moraleja de la historia. Cuando aterrizamos en su casa, el extraño sin nombre marchó hasta su despensa y cogió toda la comida que tuvo a mano; me la presentó a mí y a mi boca, y articuló un estás en tu casa tan sincero que parecía real. Lo era. No sé cómo te llamas, fue mi pregunta de la semana, y cada vez que la formulaba me regalaba una pieza de fruta. No lo conocía, no conocía su nombre, pero cuidó de mí durante todo el tiempo en el que su casa era mía. Imaginé la pena que tendría que dar para que un completo desconocido me ofreciera su hogar, su comida y su oxígeno durante las dos semanas que permaneció en Escocia. Supuse, y aún lo hago, que era un simple visitante de las gélidas calles de Inverness porque en cuanto aquellas dos semanas concluyeron, lamentó su marcha. No podía seguir viviendo bajo ese techo, pero sí bajo el techo que tarde o temprano me regalaría el trabajo en el que me vinculó. Como despedida, me dio un fajo de billetes que me alejarían temporalmente del frío de las afueras, me regaló un abrazo y una pieza de fruta. Me lo regaló todo, menos su nombre.
Un año después, la variedad de empleos que me concedió aquel hombre invisible dio sus frutos — no estaría vivo si no fuera por él. Reuní dinero suficiente para acceder a la carrera de Biología y conocer, aunque solo pudiera permitirme los dos primeros años, la magia de las flores; cómo viven, cómo mueren, cómo son destruidas por nosotros y cómo tan rápidamente resurgen para ser bellas de nuevo. Adquirí (sin recurrir al robo) una caravana de segunda mano en la que sobreviví hasta mi llegada al internado.
Una carta.
Una carta me saludó en la entrada de mi caravana. Su tonalidad era tan viva que asustaba, resplandecía ante la suciedad del suelo que pisaban mis pies. ¿Qué era?  ¿Qué era aquella elegancia tan exquisita? Nunca antes fui testigo de algo tan poderoso. Mis dedos temblaron mientras trataban de abrirla, como si romperla significara volver a morir. Cuando logré rescatar la tarjeta que había dentro de ella, mis ojos, durante un segundo, sintieron terror y un vacío tan abismal que drenó y llenó de golpe todo lo que daba sentido a mi vida. Esta me declaró de forma inocente que había un puesto vacante en un internado perdido en Escocia; necesitaban un guardabosques que cuidara del terreno que abrazaba el edificio, y brindaban todo cuanto luché y sudé por conseguir: un techo, comida, trabajo y compañía. No podía decir que no a algo así, aunque ello significara perderme de nuevo.

Familiares:
» Haku Kane: Padre biológico /  Espera ser tan luchador como él lo fue junto a su madre. Haku le regaló un objeto que todavía lleva consigo, y cada vez que lo observa recuerda aquellos días en los que, a pesar de la miseria, era feliz. Desconoce si está vivo o muerto, trata de no pensar en ello aunque a veces sea inevitable.
» Iolana Kane: Madre biológica / Todavía no sabe cómo puede adorar tanto a una persona que solo ha conocido durante un año en una etapa de su vida que únicamente podría evocar colores y objetos sin forma. Desconoce si está viva o muerta, trata de no pensar en ello aunque a veces sea inevitable.
» Desmond Reid: Primer padre adoptivo / No mantiene relación ninguna con este señor que creyó ser su padre, solo recuerdos borrosos.
» Ella Reid: Primera madre adoptiva / No mantiene relación ninguna con esta señora que creyó ser su madre, solo recuerdos borrosos.
» César Argos y Helena Lluvia: Padres adoptivos actuales / La primera familia que probó serlo sin tratar de suceder a los que lo son de verdad. Desea ser como ellos, vislumbrar un día en el que respire y respirar sea tan sencillo como ellos hacían ver. A pesar de la distancia y la decisión de Kai, entre ellos existe una relación cordial; incluso hay veces que, a la llegada de las vacaciones, el muchacho se las ingenia para visitarlos o para, al menos, invitarles a una cena cuando ellos viajan a Escocia para saber de él.
» Abril Argos: Hermanastra / La hija pequeña de César Argos y Helena Lluvia. Tiene once años, pero para Kai todavía es un bebé. Ha hecho cuanto ha podido para demostrarle que, aunque no compartan sangre, sí comparten afecto el uno por el otro. Abril considera a Kai un superhéroe que de vez en cuando llega volando para defenderla de abusones, y Kai considera a Abril como una niña hecha de un cristal tan dulce como el azúcar. Una pieza completamente ‘encajable’ en el rompecabezas de Kai.

Personalidad

Kai es viento. Kai es agua. Kai es tierra. Kai es fuego. Como un alma perdida en el más allá, Kai es muchas cosas, es todas ellas y nada a la vez. Un animal de naturaleza libre al que han prohibido volar, un pájaro cuya voz y alas han sido amputadas, silenciadas. Un animal florecido en una cuna cimentada con barrotes, privado de vivir pero no de morder. Porque muerde, muerde a todo aquel que quiera hacerle daño, porque ya sabe lo que es el daño. Ha cruzado océanos y ha nacido en ellos, ha atravesado y aplastado caminos con sus pies desnudos por muy pedregosos que estos fueran; ha dormido en ellos. Sabe lo que es sufrir, ha comido y bebido desesperación suficiente como para no saberlo. Kai es… significante en su insignificancia. Un animal herido que lame su propio dolor y lo olvida, aunque sea imposible dejar de sentirlo — y sentir es lo que más hace. Sentir como nadie, sentir por otros tan heridos como él; ahogado en la necesidad de redimir su tortura en la tortura de otros, protege y rescata a aquellos reclusos que luchan e intentan, a duras penas, resistir el peso de gigantes, titanes con demasiada fuerza como para consumir el tiempo completando sus propios corazones. Kai quiere, desea con todas sus fuerzas, ama como el que más, pero la soledad lo ha metalizado tanto que se asfixia en sospechas, enterrado en una coraza de madera en forma de caballo que no permite conocer a los hombrecillos que hay dentro de él. Ser las calles le ha hecho ser todo menos crédulo; si su sombra no estuviera todo el tiempo pegada a su cuerpo, desconfiaría de ella. Su miedo a creer le ha hecho alguien difícil de tratar, como una madre a la que le han quitado sus crías, le han sustraído la vida y en los últimos segundos antes de morir abandonada e invisible ha sido reducida a yacer como un simple objeto decorativo de un parque zoológico. Sus cicatrices, sus historias, han hecho de él el hombre (o la bestia) que es hoy, un soldado de hielo adaptable a cualquier obstáculo. Se acostumbra al sufrimiento y vive de él y, a veces, se nutre tanto que no sabe diferenciar cuándo alguien quiere romperle o, de lo contrario, recomponerlo hasta estar entero de nuevo.
Si quiere, no lo dirá. No, él funciona de otra manera. Si quiere, regala trocitos de su corazón cada día sin que nadie se dé cuenta, construye animales y flores bonitas de papel y se los confía a alguien especial, porque prefiere actos y no palabras. Si odia, odiará ignorando, como hace con cualquier cosa dolorosa que elige descuidar en un rincón hasta que el polvo y el tiempo la devoren. Solo las personas realmente especiales descifran su humor y conocen la forma de tirar de él hasta sacarle una sonrisa auténtica y vulnerable, el resto de extraños solo conocen etiquetas, comodines de conversación con algún que otro chiste sobre el tiempo que corroboren su inocente intención de llevarse bien con todos, aunque en realidad sean nadie para él. Si alguien logra captar su atención, revoloteará cerca de ese individuo sin relacionarse, solo mirando con curiosidad a una distancia considerable, con cuidado, como si fuera una pieza de arte y no un ser humano lo que sus ojos estudian. Porque, en cierta forma, todo lo que ve es arte; su vida, por muy podrida que esté, es arte. Sus heridas: arte. Y es este tipo de arte lo que le une a él y a sus piececitas de madera, de metal o simples trozos de periódico, es su forma de compartir pedazos de él, de leer al Kai real.
Kai…es fuego. Quema, como una llama pequeñita que brilla solo cuando la oscuridad impera, quema cuando sus cachorros son las presas de otros. Calcina todo a su paso, como una llama incontrolable. Un fuego inextinguible.

Virtudes:
» Artista. Cuando Kai hace brotar flores de un trozo de papel o talla animales en un cuerpo de madera, entrega un poco de su alma consigo. Desde pequeño, hace esto para relajarse y mostrar, además, sus emociones de la única forma que puede.
» Empático. Es inevitable; siente la necesidad de proteger a todo aquel que necesite ser protegido. Siente las tormentas emocionales de una víctima como si aquello le ocurriera a él, y trata de hacer todo cuanto puede para acallarlas. Su entrada en el internado y la reciente hilera de muertes, sin embargo, han hecho de él alguien aislado. Se enfrenta a una situación en la que todos necesitan una mano y no puede alcanzar a nadie para conceder la suya, porque sabe que en cuanto simpatice con alguien la muerte se lo arrebatará tal y como la miseria hizo con sus padres.
» Afable. Es de esos buenazos que todo el mundo querría de amigo, ya sea por saber escuchar, ser cortés o lo suficientemente cálido como para mantener un diálogo con alguien e interesarse realmente por esa persona.
» Autosuficiente. Ha batallado tantas peleas y tropezado con tantas piedras que se ha hecho, así mismo, autosuficiente. Podría vivir completamente solo en una cabaña alejada de la civilización porque, al fin y al cabo, nació siendo independiente. Sabe curar sus propias heridas, no necesita a nadie que vele por ellas (o al menos, eso cree él).
» Constante. Como una puesta de sol que aparece día sí y día también, Kai es firme a sus decisiones y no hará más que intentar lograr lo que desea. Puede caer, claro que sí; caerá no una, sino mil veces antes de conseguirlo. Pero lo conseguirá. Esta actitud también puede aplicarse a su trabajo, en el que pone todo su empeño como si su vida dependiera de ello.
» Soportable. Trata de no hacer preguntas que sabe que pueden llegar a incomodar; su preocupación siempre encuentra una forma menos brusca de lograr respuestas, aunque interrogar sea a veces la vía más rápida para ello. Suele evitar el pasado, tanto el suyo como el de los demás. La mayoría se lo agradece.
» Ágil. Las circunstancias han reescrito su cuerpo, concibiendo a alguien físicamente ligero, como una pluma insonora, invisible y desapercibida.
» Vigilante. Sus ojos son sus oídos; sus oídos, sus ojos. Es cuidadoso con sus palabras y analítico con las que no son suyas. La paranoia le ha hecho superviviente.

Defectos:
» Suspicaz. Le ha hecho superviviente y, por desgracia, también maníaco. Su pasado le ha convertido en alguien que cuestiona todo y todos los que le rodean, aunque por fuera parezca alguien tranquilo con su entorno. ¿Por qué esta persona quiere hablar conmigo? ¿Por qué está tan alejada, o tan cerca de mí?, suelen ser unas de sus preguntas diarias. La situación en el que el internado le ha sometido a vivir no ha calmado esta debilidad que, poco a poco, no ha hecho más que empeorar.
» Retraído. Se limita a gastar su tiempo en el trabajo y en el cuidado de las vidas vegetales que rodean el edificio. Le es más fácil labrar la tierra que sembrar una amistad con un miembro de su propia especie; siente que debe comprometerse con alguien al que, en primer lugar, ve como un extraño. Es amable con quienes le rodean, sí, pero todo acaba ahí. Resulta difícil cavar en el pecho de Kai y conocerlo de verdad, porque no permite que nadie le conozca.
» Torpe social. No conoce forma de consolar a alguien que llora.
» Su condición como individuo que ha vivido, sentido y sido las calles donde erraba en un pasado no muy lejano le ha permitido ser adaptable, moldear su vida en torno a las circunstancias por muy duras que estas sean. Esto, sin embargo, ha contaminado su personalidad hasta el punto de ser conformista, de adecuarse a los problemas como si fuera natural convivir con ellos. Los interrogantes que infectan el internado no son más que parte de los obstáculos que Kai se resigna a ingerir y callar, como un buen chiquillo haría con sus verduras.
» Impulsivo. He aquí la pieza sobrante del puzzle que forma a Kai. A pesar de ser una persona que ha aprendido a ser bastante cuidadosa con sus movimientos, es un animal impulsivo. Actúa por instinto, propulsado por la fuerza innata que le arrastra hacia actos ajenos que él ve demasiado nocivos para ‘sus cachorros’. Si es necesario matar para defenderlos, lo hará, como haría cualquier león con los suyos, aunque esto supusiera la pérdida de cientos de vidas. Si es necesario acabar con alguien venenoso, lo hará, aunque suponga perderse a él mismo. Su actitud ya le hizo ‘perderse’ una vez cuando entregó un pedazo de su vida (su hermano peludo) a una desconocida, porque su instinto vio en ella alguien merecedor de su compañía, alguien que le concedería no solo amistad, sino también el refugio que él no podía proporcionarle.
» Celoso. La soledad ha vivido con él más tiempo de lo que recuerda. Cuando alguien perfora sus barreras y logra contemplar su corazón, deja una huella imborrable. Y cuando alguien se va -aunque sea por un instante- esa huella le calcina el interior, dejándolo vacío. Le inquieta el hecho de que, si alguien se aleja de él, no pueda volver a verlo; de que le olvide como ya ocurrió con sus padres.
» Imprevisible. Sus celos e impulsividad hacen de él alguien imprevisible, porque nadie sabe qué cara ofrecerá en una guerra, si decidirá luchar y guiarse por el clamor de la batalla o, por el contrario, decidirá reflexionar y rendirse por el bien común. Es una llama incontrolable que nunca muere.
» Cleptómano. La necesidad ha sido durante varios años su mentora. Hay aprendices que cultivan su cuerpo y mente con técnicas de ataque y defensa ante agresores, como ocurre con cualquier arte marcial. Kai roba. Roba porque lo necesita; o al menos, lo necesitaba. Pero no lo hace con mala intención.

Otros Datos

Pertenencias:
» Un cordón quemado por el tiempo que suele llevar atado, sin adorno alguno, en su muñeca izquierda o en uno de sus tobillos. Es lo único que le mantiene unido a sus padres, además de sus recuerdos.
» Una enciclopedia detallada de todos los tipos de flores existentes. Podría quedarse horas y horas inducido en las páginas de ese libro si no lo hubiera hecho ya.
» Una estructura de cristal diminuta de un lirio, perteneciente al extraño que le ayudó cuando todavía vivía en las afueras, como suele decir él. Fue otro de los vanos intentos de robo que, como sucedió con las bolsas de compra, derivó en la frase favorita de Kai: Puedes quedártelo. Quiere devolvérselo, pero no hay forma de encontrar a alguien cuya identidad desconoce.

Enfermedades, Miedos y Manías:
» No le gusta que le toquen. Le desagradan los roces y cualquier tipo de contacto humano que no haya autorizado él antes.
» Le aterroriza la idea de perder alguno de sus sentidos, de no poder observar ni oler la naturaleza que siembra, de no oír animales cantar, porque perder algo así significaría para él no sentir nada.
» Todavía no ha visto, ni siquiera buscado, a sus padres biológicos; le aterroriza la idea de que al verlos deban 'olvidarse' otra vez. No lo superaría.
» Debido a su experiencia durmiendo en las frías calles de Escocia y tiempo después en la caravana, se acostumbró a vivir en sitios cerrados y prefiere habitar en ellos antes que en lugares demasiado amplios o con mucha gente.
» Esta costumbre arraigó unas formas de dormir muy extrañas en Dunkelheit. Aunque el internado le cedió una cama donde descansar cómodamente mientras hace su labor en él, casi nunca duerme en ella sino en el suelo. Su cuerpo se acostumbró a adoptarse a un lecho poco común desde su etapa como indigente, como si rechazara comodidades que sabe que, tarde o temprano, va a llegar a perder. Cuando trata de dormir y no es sobre el suelo, lo hace colocando muebles alrededor de su cama para sentirse "encerrado", y así duerme en calma; así que ya sabes, si escuchas ruidos extraños de muebles que son arrastrados, es Kai.
» No suele tenerle miedo a nada; ha experimentado tanto y en tantas dosis a lo largo de su vida que poco puede hacerle reaccionar. Ha sentido, olido y saboreado lo que es el dolor, el hambre, el insomnio, la paranoia que te invade cuando todo y nada te rodea, el frío y la humedad de una lluvia o una tormenta repentina. Poco le había hecho sentir hasta su llegada al internado, donde experimentó algo que, por vez primera, no había saboreado nunca: la muerte de alguien ajeno. Aun manteniéndose alerta (como siempre ha hecho), trata de no reaccionar de ninguna forma por los hechos acontecidos en lo que ahora es, al menos temporalmente, su "hogar": se limita a dar clases, ser amable de vez en cuando y cuidar el terreno que abraza el internado. A pesar de todo, es humano: más de una vez ha llegado a preguntarse qué historias cuentan la tierra que labra, qué secretos diría si la tierra pudiera articular palabra. Y son secretos que no tiene intención de descubrir.

Habilidades:
» Su corazón pertenece a todas aquellas que demuestran júbilo con un diminuto rayo de luz, que visten bellos trajes bañados en color, a aquellas cuyos olores superan el del mar: las flores. Sabe identificar cientos y cientos de ellas.
» Adora hacer manualidades, figuras y cualquier objeto con cualquier trozo de material reutilizable. Forja flores de cartón, animales de papel, criaturas fantásticas con un trozo de madera; concibe seres no vivos con sus rugosas manos y eso le calma, le hace sentirse acompañado con pequeños fragmentos de él, le estimula, le hace parecer menos perdido de lo que está.
» Su memoria es tan condenable como excelente. Registra recuerdos sin ni siquiera esforzarse en retenerlos, como un gran almacén de documentos, de conversaciones e imágenes. Sería maravilloso si ninguna de esas imágenes teatralizaran el hambre, el frío y la privación de contacto humano que se vio obligado a engullir durante su estancia en las calles de El Hierro.
» Gracias a sus años como ladronzuelo y su posterior interés por la disciplina del parkour, su cuerpo se ha moldeado conforme a la necesidad de robar, huir y correr lo más rápido posible. A pesar de su corpulencia, posee una figura ligera que le permite moverse sin hacer mucho ruido, una eficacia física que no le sirve de mucho encerrado en un internado.

¿Sabías que...?:
» Sus manos son bastante ásperas debido a su labor con la tierra. A pesar de su torpe intento de asearlas a cada rato, sus dedos siempre terminan llenos de barro, sus uñas tiznadas de un oscuro y arenoso pigmento marrón y ambas palmas pobladas de durezas que casi nunca terminan de sanar. Muy habitualmente suele ocultar y adornar su piel desgastada con un par de guantes negros.
» Su nombre suele ser un misterio, porque casi nadie lo conoce como Ka’ehu, sino como Kai. Es un alias que él mismo ha construido para honrar con su significado el mar donde nació.
» Su acento es una amalgama de voces con las que ha coexistido hasta ahora. Su inglés no es puramente estadounidense, sino más bien una mezcla de dicho acento y el canario.
» Uno de sus 'sueños frustrados' es ser pintor, o al menos, hábil con la pintura; por desgracia, el material es demasiado caro como para poder permitírselo, así que no deja de ser solo un sueño de muchos.
» Adora comer como si el parar de hacerlo le hiciera pobre de nuevo, pero no sube ni un maldito kilo. Nació palo, es palo, y morirá siendo uno.
» Al contrario de la mayoría de las personas, a Kai le incomoda escuchar música: le resulta demasiado artificial, demasiado "feliz para ser verdad", y las únicas melodías en las que cree son aquellas que le hacen recordar el tormentoso pasado que vivió durante su juventud. Aun así, las evita. Cuanto menos recuerde, mejor para su cordura.
» Tiene heterocromía iridum en el ojo izquierdo, un tizne grisáceo que infecta como si fuera [Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo] gran parte del marrón que colorea su iris.
» Es zurdo.
» Tiene una voz tan ronca que a veces cuesta entender qué dice.
» Mira fijamente a los ojos y a la boca; lo que no suelen decir los mentirosos órganos de arriba lo dicen los torpes y expresivos labios. Porque estos tiemblan, enmudecen, sonríen y mordisquean lo suficiente como para saber si alguien dice o no la verdad.
Publicado por Kai K. Argos el Jue Ago 04, 2016 6:03 pm


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Lo siento por la tardanza (TARDANZA, más bien) en terminar el expediente y hacerlo tan largo. He recortado un poco la historia añadiéndola en un spoiler para que no ralentice el foro. Si me he equivocado haciendo eso u otra cosa, ¡avisad y lo edito sin problemas!
Publicado por Kai K. Argos el Jue Ago 04, 2016 6:08 pm


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Publicado por M. Yvette Gunnhild el Jue Ago 04, 2016 7:35 pm
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